Santa Pola: el litoral que pudo ser y no fue
¿Por qué un enclave con uno de los cabos más singulares de España, el puerto histórico del Portus Ilicitanus, las segundas salinas más grandes del país y la isla de Tabarca enfrente sigue siendo un sumidero de oportunidades turísticas? La pregunta no es retórica; es el diagnóstico de un urbanismo que parece empeñado en dar la espalda al mar.
La geografía es inapelable: un cabo redondo, un casco urbano alargado pegado a la playa, y al oeste las salinas que regalan uno de los atardeceres más brutales del Mediterráneo. Sin embargo, al bajar al suelo, la postal se desvanece. Donde debería haber un paseo marítimo jalonado de terrazas, hay un aparcamiento y edificaciones que se clavan en la arena, sin espacio para la transición playa-paseo-calle. El organigrama urbanístico básico –playa, arena ancha, paseo, calle, casas– aquí se sustituye por un caos que muchos califican de “demencial”.
Un puerto histórico perdido en la maraña
El puerto, antaño clave en la pesca del levante, debió ser remodelado. Pero la reforma no ha logrado acabar con el reinado del coche. La carretera de acceso, tercermundista según algunos, se convierte en un suplicio en hora punta, con radares y una evacuación en caso de tsunami que muchos ven inviable. La playa, de arena gris y con olor a alcantarilla en ocasiones, no ayuda a la causa. Mientras Benidorm multiplica sus atractivos, Santa Pola sigue anclada en un modelo que prioriza la segunda residencia de los ilicitanos sobre el turismo de calidad.
La paradoja de la autenticidad
Pero no todo son quejas. Hay quien defiende que Santa Pola ha conservado su esencia de pueblo pesquero, que triplica población en verano sin perder la tranquilidad, y que el exceso de “modernización” acabaría con su carácter. Para estos, el descontento del visitante ocasional es el precio de la autenticidad. Sin embargo, los números cantan: el potencial de un enclave con playa, salinas y puerto debería generar un retorno económico muy superior. La falta de un paseo marítimo adecuado y la especulación de alquileres estacionales son el lastre.
La zanahoria del urbanismo low cost
Irónicamente, lo que algunos llaman “Venecia levantina” son construcciones que harían enmudecer a Brunelleschi solo por lo grotesco, con fachadas y bulevares que parecen decorados de cartón piedra. La crítica más recurrente es que el urbanismo de las últimas décadas ha sido un negocio para unos pocos, sin que el resultado esté a la altura del paisaje. Mientras tanto, Gran Alacant, una urbanización en la sierra iniciada en los 80, acoge a un tercio de la población del municipio, alimentada por la burbuja inmobiliaria.
La conclusión es tan obvia como incómoda: Santa Pola tiene todos los ingredientes para ser un destino de referencia, pero la gestión –o la ausencia de ella– lo ha convertido en un “desaprovechao”. La pregunta que queda en el aire es si el Ayuntamiento y los propietarios serán capaces de dar el giro, o si el pueblo seguirá siendo, como dicen algunos, esa joya que nunca supo brillar.