Un Tissot de cuarzo de 480€ reabre la guerra relojera
480 euros con el envío incluido y un cumpleaños como excusa. Esa es la cifra que ha pagado un comprador por un
Tissot T-Race que ya tuvo años atrás, vendió y después buscó sin éxito, hasta encontrárselo de pronto otra vez a la venta «en todas partes». Lo cuenta con la naturalidad de quien recupera un objeto querido. La respuesta que recibe tiene bastante menos de relojería y bastante más de juicio sobre su gusto, su bolsillo y su clase.
Porque un
peluco nunca es solo un peluco. Es estatus, es declaración y, cuando se enseña, es blanco. Y en cuanto alguien pone precio a su capricho, aparecen los dos bandos de siempre: los que miran la máquina y los que miran al dueño.
¿Por qué se paga 480 euros por un reloj?
El propio comprador lo justifica sin rodeos: lo adquirió por los
buenos recuerdos que le trae ese modelo concreto, además de porque le gusta. No hay cálculo de reventa ni de inversión. Es memoria con correa.
Ese es el punto que se le escapa a buena parte de las réplicas. Un reloj de 480 euros no compite con un fondo indexado ni aspira a revalorizarse; compite con un viaje, con una cena o con cualquier otro gasto que se hace por gusto y no por rentabilidad. Quien lo compra no ignora lo que cuesta. Simplemente decide que le compensa.
Cuarzo o automático: el pleito que nunca se cierra
Llega el reproche clásico. Hay quien sostiene que el reloj es feo y, sobre todo, que
es de cuarzo, y que eso demuestra que su dueño no tiene ni gusto ni idea. La sentencia es tajante y, como casi todas las del gremio, más de postura que de dato.
Enfrente, otros defienden la marca sin épica: los Tissot son buenas máquinas y quien tiene uno está satisfecho. Hay incluso quien guarda un
Seastar Visodate de hacia 1970, de la época en que Tissot pertenecía a Omega y todavía no formaba parte del grupo Swatch. Un detalle que recuerda que la historia de la casa es más larga que su catálogo actual.
Para uno de los Tissot de cuarzo del hilo se cita una maquinaria concreta: el calibre
G10.212, cuarzo suizo, cuatro rubíes, 29,8 milímetros de diámetro y pila Renata 394. Ni magia ni leyenda. Un módulo que da la hora y que, según el propio catálogo que se cita, incorpora indicador de fin de batería y funciones de cronógrafo.
El mito del pulso y los Rolex
En medio del rifirrafe aparece una de esas afirmaciones que se repiten hasta convertirse en verdad. Que los Rolex hay que ajustarlos cada año en un lugar especializado y que «el pulso ha de ser normal» para que no atrasen ni adelantasen. La corrección llega rápida: los Rolex son, en su mayoría,
automáticos, y se cargan con el movimiento de la mano, no con los latidos. Al mover la muñeca gira un rotor que, a través de un engranaje, tensa la cuerda del reloj.
Los latidos no cargan nada. Repetido queda.
La desconfianza hacia lo automático tiene, eso sí, su propia experiencia detrás. Un comprador relata que un
Omega Seamaster Chrono que costó un pastón se paró tras usarlo solo dos o tres veces, por miedo a que se lo robaran. De ahí a concluir que los automáticos son una estafa hay un trecho, pero el mosqueo se entiende. Otro ejemplo menos trágico: el Rolex de un padre con la corona desgastada que no se cambia porque, dice, un Rolex envejecido queda más
cool que uno a estrenar.
¿A partir de qué precio un reloj es caro?
Aquí aparece el dato que ordena todo el desorden. Hay quien sostiene que un reloj empieza a ser caro a partir de
5.000 euros; por debajo, es bisutería con pretensiones. Otros bajan el listón a los 500 euros y consideran que gastarlos en un reloj ya es una decisión importante, al alcance de cualquiera pero no de todos.
La comparación con el resto del consumo es inevitable. Se apunta a móviles de gama alta que rondan los 900 euros o a coches de 35.000 que se financian a plazos, mientras un reloj de 500 se mira con lupa. El desfase entre lo que la gente gasta en otras cosas y lo que le parece caro en una muñeca no lo resuelve nadie.
Y hay quien recuerda el caso contrario: relojes que costaron un ojo de la cara y acabaron en un cajón, o un Tissot de cuarzo comprado en Lucerna que, al menor movimiento, suena como si llevara algo roto dentro —alrededor de
100 euros solo por abrirlo, sobre una pieza que no llega a 400— y que sin embargo sigue dando la hora sin fallar.
La clase no la da el precio
Cuando el debate deja la maquinaria y se mete en la persona, el comprador suelta su discurso. Sostiene que no hay mayor muestra de vulgaridad que burlarse de alguien por lo que ha comprado, y que eso es típico de los
nuevos ricos: quien es rico de cuna, dice, no se ríe del reloj de madera de un euro. «El hábito no hace al monje», sentencia.
La réplica no se hace esperar: que vuelva cuando lleve traje, corbata de sastre y un buen reloj de vestir. La discusión, que empezó en un cumpleaños, acaba midiendo a las personas por lo que llevan puesto.
Queda un dato que descoloca a quien sostiene que todo esto es cuestión de sensatez. El comprador confiesa que ha llevado este reloj y otros mejores por barrios marginales y pisos de gente poco recomendable, y que jamás le pasó nada. Su conclusión es incómoda para todos: el riesgo no se mide por el objeto, sino por la pinta de quien lo lleva. Y de eso nadie quiere hablar.