Gananciales: 55.200€ pagados en solitario y reparto al 50%
¿Cuánto cuesta descubrir, diez años tarde, que el régimen de gananciales reparte al 50% todo lo que uno ha pagado solo? En el caso que se ha divulgado estos días, la respuesta cabe en tres cifras:
1.100 euros al mes de
hipoteca, un préstamo de
225.000 euros firmado en 2019 a 40 años y
55.200 euros de gastos que, según el relato, ha asumido una sola persona durante 46 meses. Hay una boda en 2021, un embarazo por fecundación in vitro, una niña que ahora cumple dos años y un matrimonio que, en palabras del propio protagonista, se celebró «con dudas».
El resto del guion lo completan una relación de más de diez años, una vivienda en la zona sur de Madrid y un sueldo que, desde marzo de 2020, sostiene la casa. Es decir, el escenario exacto en el que el régimen económico del matrimonio deja de ser una cláusula del registro civil y se convierte en el problema.
¿Cuánto cuesta mantener una casa cuando solo la paga uno?
La secuencia que describe el relato es reconocible: la pareja pierde el empleo durante las restricciones sanitarias, y uno de los dos no vuelve a buscar trabajo. Pasa cuatro años sin ingresos y, cuando vuelve, lo hace unas horas en un comedor escolar —unos
200 euros, calcula— y tres meses en un bar antes de presentar la baja voluntaria. Con la baja voluntaria no hay prestación por desempleo, así que la vuelta al punto de partida es inmediata:
abril de 2024 y otra vez una sola nómina cubriendo todo.
Las partidas que se detallan no son exóticas, y precisamente por eso duelen:
- Hipoteca: 1.100 euros mensuales
- Coche de la pareja: 240 euros mensuales, pagados desde el principio
- Comunidad, facturas, compras, alarma y colegio
- Gastos atribuidos a la pareja: 1.200 euros al mes
Ese último número es el que se lleva la peor parte del debate: 1.200 euros mensuales por 46 meses dan
55.200 euros. Quien los ha puesto, según el relato, tiene ahorros a los que les queda menos recorrido del que le gustaría, y admite haber buscado trabajo incluso en canales poco ortodoxos.
El reparto al 50% no pregunta quién puso el dinero
Aquí aparece el núcleo jurídico del asunto. La sociedad de gananciales, régimen por defecto en buena parte de España si no se pacta otra cosa, presume comunes los bienes y rendimientos obtenidos durante el matrimonio y los reparte por mitades al liquidarse. Quien se casa sin elegir
separación de bienes entra ahí, y entra sin que nadie le lea el prospecto. El relato insiste en ese punto: «cosa que nadie me preguntó si yo quería», se lamenta.
Un participante del debate señala el mismo error de origen: haber firmado gananciales cuando en Cataluña, comunidad de origen del protagonista, el régimen supletorio es la separación de bienes.
Y luego está la que el protagonista identifica como la verdadera adversaria: su suegra, abogada según su versión, que según el relato ya ha verbalizado el escenario —que su hija se quedaría «con la niña la casa y sin dinero»— y que por formación sabe perfectamente cómo funciona una liquidación de gananciales. También funciona como explicación del consejo más repetido: buscarse un abogado antes de mover una sola pieza.
Los 7.000 euros de la casa del pueblo que lo cambiaron todo
El punto de inflexión económico no es la hipoteca, sino una petición familiar. La familia política plantea comprar una segunda vivienda en el pueblo —al que, según el relato, se acude
dos semanas al año— y repartir el coste a razón de
7.000 euros por cabeza</b> entre los miembros del núcleo y sus parejas. La negativa del protagonista, argumentando que ese dinero ya está comprometido en su propia casa, tiene consecuencia: se le excluye y se le convoca a firmar ante notario que rechaza cualquier relación con ese bien.
La operación, vista desde fuera, es una asimetría difícil de sostener. Si el yerno sostiene la vivienda familiar al 100%, la reciprocidad esperable sería otra. En el caso se acumulan además otros pagos: el coche de ella, la comunidad, la alarma, el colegio de la niña. Un flujo de salida continuo bajo el epígrafe piña familiar.¿Se puede ocultar dinero antes de un divorcio?
Es la pregunta que domina la parte final de la conversación, y la respuesta corta es que quien lo intenta asume un riesgo serio. Las fórmulas que se enumeran —efectivo guardado fuera del circuito bancario, monedas físicas de oro, relojes, bitcóin, cuentas en brókers que solo piden titulación individual— tienen un denominador común: son instrumentos nominativos que no exigen actas matrimoniales para abrirse. Hay quien añade incluso un cambio de inscripción registral de sexo para quedar al margen de determinados procedimientos legales. Ninguna de esas vías viene con garantía, y varias rozan directamente el fraude en la liquidación de bienes.
Frente a ellas, otro participante relata el caso de un familiar que ocultó dinero y quedó en evidencia ante el juzgado, y defiende repartir todo al 50% con abogado propio y paciencia.La hija: renunciar o no renunciar
Aquí la discusión se parte en dos con una crudeza notable. Una parte defiende que el vínculo con la hija es vitalicio, que renunciar a la custodia compartida es un error que se lamenta durante décadas y que existen grupos de apoyo de hombres divorciados donde contrastar lo que viene. La otra parte sostiene que, con una madre y una abuela dispuestas a construir el relato, la niña acabará alejada del padre de todas formas, y que lo razonable es minimizar daños y rehacer la vida lejos. Un testimonio cuenta incluso una mudanza a Bielorrusia tras un divorcio y recomienda no repetir su error de pelear.
Lo que nadie discute es lo que cuesta ese pronóstico: dos años de edad de la niña y una distancia de 40 kilómetros entre las dos familias para gestionar cualquier visita.
Total, que la única cifra que no admite interpretación es la de la hipoteca. 1.100 euros al mes, 35 años por delante. Esa convive con cualquiera.