Un mayor general ruso de 62 años, derribado a los mandos de un Su-25
¿Qué hacía un mayor general de 62 años pilotando un avión de combate sobre el Donbás? Kanamat Botashev, general al servicio del Grupo Wagner, volaba un Su-25 cuando un sistema de misiles Stinger disparado desde el hombro lo alcanzó cerca de la ciudad de Popasnaya, según el Estado Mayor de Ucrania. El aparato cayó. El militar, que ya estaba retirado de la carrera activa, no sobrevivió.
La noticia llegó con confirmación en varios medios, entre ellos
The Moscow Times. Lo que en un primer momento parecía el derribo de un alto mando por un arma portátil se convirtió, en cuestión de líneas, en un pulso sobre quién pilotaba, a qué edad y con qué pericia.
Qué hacía un general de 62 años a los mandos de un Su-25
Que un mayor general ronde los 62 años y se suba a un avión de ataque para sobrevolar una de las zonas más castigadas del frente no encaja en ningún manual militar. La pregunta planeó desde el principio: para qué sacar del retiro a un oficial de esa graduación y sentarlo en una cabina.
Las explicaciones que circulan van en dos direcciones. Una sostiene que los mandos rusos están tan cortos de personal cualificado que recurren a retirados con experiencia de vuelo; otra apunta a que el propio militar quería volar. Sobre su historial también hay versiones contrapuestas: frente al relato del derribo, una parte del análisis afirma que el piloto ya habría destruido antes aparatos que él mismo tripulaba, extremo que nadie documenta y que conviene tratar como lo que es, una afirmación sin respaldo.
Por qué el Stinger derriba aviones rusos en el Donbás
El Stinger es un misil antiaéreo portátil, un MANPADS: se dispara desde el hombro, es barato frente al avión que persigue y no necesita una gran infraestructura para funcionar. Su aparición cambió la ecuación sobre el cielo ucraniano. Un caza o un avión de ataque que vuela bajo es un blanco alcanzable para un solo operador.
La inteligencia británica añadió el diagnóstico estratégico: la ofensiva rusa se está estancando, y una de las razones es la falta de dominio de la aviación en el cielo. Tras las primeras semanas de ataques masivos contra instalaciones militares ucranianas, Ucrania aguantó y ha venido usando tanto la defensa aérea de largo alcance como los sistemas portátiles para negarle a Rusia ese control del aire.
Derribado con un Stinger o caído por su propio vuelo
En cuanto la noticia se asentó, el relato dejó de ser único. Junto a la versión del misil portátil apareció la del accidente: un aparato estrellado por un piloto al que no le correspondía estar ahí. Las dos historias no pueden ser verdaderas a la vez, y sin un parte independiente no hay forma de zanjarlo. Es el terreno habitual de esta guerra, donde cada bando publica su versión y ninguna se somete a verificación.
La discusión se enredó además con el lenguaje. Hubo quien rechazó de plano la palabra asesinato: en una guerra, matar a un militar del bando enemigo no es un asesinato, sea soldado raso o general. Otros discutieron si la fuente de la que se fiaba cada cual —inteligencia británica frente a los partes rusos— merecía crédito, apelando a la reputación de cada uno y a los avisos previos sobre la invasión. Ninguna de esas piezas resuelve el fondo: quién disparó y desde dónde.
Popasnaya, Lisichansk y una pinza que no cierra
El derribo se sitúa en Popasnaya, uno de los puntos donde el ejército ruso intenta avanzar hacia Kramatorsk por un lado y alcanzar las fronteras administrativas de Luhansk por otro, para rodear a las tropas ucranianas. La zona de combate se concentra ahí.
Un segundo relato matiza el primero: la lucha por Popasnaya no habría durado una semana, sino unos dos meses, y la ciudad habría caído el 7 de mayo. Con ese último foco de Luhansk en manos rusas, la atención se desplaza a Lisichansk, donde se estimaban unos 12.000 defensores ucranianos y cuya única vía logística habría quedado cortada. Frente a ese avance, otro análisis responde con las cifras del coste: el terreno ganado en una semana se habría pagado con fuerza aérea táctica, bombardeos y ataques de infantería contra posiciones muy defendidas, con pérdidas descritas como colosales.
De quién fiarse cuando cada bando publica su parte
Aquí no hay árbitro. De un lado, el Estado Mayor de Ucrania y la inteligencia británica; del otro, el relato ruso. Y en medio, dos afirmaciones que no se pueden comprobar desde fuera: si el Su-25 cayó por un misil o por un error de vuelo, y si la pinza rusa está cerrando o llevaba un mes atascada sin moverse.
Se puede discutir el simbolismo todo lo que se quiera. Lo único verificable es que un general de 62 años, retirado, terminó su carrera dentro de la cabina de un avión de ataque. Un currículum, cuanto menos, original.