Marina Rivers y la doble vara de la sexualización
La denuncia de la creadora de contenido Marina Rivers sobre la sexualización que sufren las mujeres ha vuelto a poner el dedo en la llaga, pero esta vez la reacción no ha sido la esperada. El detonante fue un graffiti obsceno en un cartel de una cadena de comida rápida en su barrio, que ella compartió en redes pidiendo que se señale a quienes la sexualizan. En lugar de la ola de apoyo, ha recibido una avalancha de críticas que le recuerdan su propio papel en la economía de la imagen.
Lo que convierte este caso en paradigmático es la contradicción que muchos señalan: Rivers ha construido su carrera sobre la exhibición de su cuerpo, con contenidos para adultos y una estrategia digital que roza el límite del erotismo. ¿Cómo pedir que no te miren si tu producto es la mirada? Esa pregunta, incómoda por definición, recorre el debate de principio a fin.
El detonante: el cartel del Burger King
La polémica empezó cuando la creadora encontró en su barrio un cartel de una conocida cadena de hamburgueserías con un dibujo obsceno en el escote. Lejos de pasar de largo, lo fotografió y denunció la situación, añadiendo que ese tipo de actos son una muestra de la sociedad que nos deja. El mensaje tenía todas las trazas de una llamada a la reflexión colectiva, pero la respuesta en redes no tardó en virar hacia el sarcasmo.
Los primeros comentarios ya apuntaban a la doble vara: si dedicas tu vida a enseñar el cuerpo, ¿qué esperas que hagan los que te miran? Algunos incluso sugirieron que ella misma había pintado el muñeco para tener excusa para subir contenido. La sospecha, sin pruebas, refleja el nivel de descrédito que arrastra la industria del entretenimiento para adultos.
La contradicción de la creadora
La crítica de la incoherencia no es solo cosa de haters. Incluso perfiles habitualmente feministas señalan que la queja es difícil de sostener cuando el modelo de negocio consiste en sexualizarse a cambio de suscripciones. La distinción entre agencia y explotación se vuelve borrosa: una mujer puede decidir mostrar su cuerpo, pero lo que no puede decidir es cómo reacciona el público.
En la práctica, la petición de señalamiento ha tenido el efecto contrario. En lugar de perseguir a los autores del graffiti, la presión se ha vuelto contra ella, con una corriente que aboga por el ostracismo total hacia su figura. La lógica es simple: si no le das publicidad, le quitas el negocio. No hay mejor castigo para quien vive de la atención que negársela.
El efecto Streisand y el negocio de la polémica
La ironía de pedir señalamiento es que, en la era digital, cualquier intento de represión acaba multiplicando la exposición. Es el fenómeno conocido como efecto Streisand, y aquí se ha cumplido a rajatabla: la queja de Rivers ha reavivado el interés por sus contenidos, y su nombre ha sido tendencia justo cuando pretendía señalar a otros.
El trasfondo económico es ineludible. En la economía de la atención, la polémica es combustible. Cada queja genera titulares, cada titular clics, y cada clic acaba en las arcas de una creadora que ya factura millones por su imagen. No es casual que los streamers masculinos como Ibai Llanos o ElXokas puedan ganar dinero sin despeinarse, mientras que para muchas mujeres el cuerpo sigue siendo el atajo rentable. Y la trampa está en que, una vez que el producto es sexual, el consumidor exige coherencia: si vendes sexo, no te quejes de que te traten como objeto sexual.
El debate se atasca en la pregunta que nadie quiere responder del todo: ¿es la sexualización un daño objetivo o el coste de un modelo de negocio elegido libremente? La propia Rivers define su actividad como empoderadora, pero sus críticos la ven como una cadena de montaje de la hipocresía. Mientras tanto, la próxima creadora que quiera denunciar acoso tendrá que pensárselo dos veces, no por el acoso en sí, sino por la estampida de cornadas que recibirá al primer intento. En la economía de la atención, la víctima también es un producto, y el mercado exige coherencia.