Marie Curie, dos Nobel y un expediente sentimental incómodo
Marie Curie ganó el Nobel de Física en 1903 y el de Química en 1911. Es el único nombre que aparece dos veces en esa lista en dos disciplinas científicas distintas y, sin embargo, buena parte de lo que se recuerda de ella tiene menos que ver con el radio y el polonio que con sus cartas de amor. El repaso que se ha hecho de su biografía en un foro de economía ha reabierto una discusión vieja: ¿hasta dónde se puede separar el mérito científico de la conducta privada de quien lo firma?
Los hechos documentados son estos. El primer Nobel se concedió inicialmente a Pierre Curie y a Henri Becquerel; fue Pierre quien exigió que se incluyera también a su mujer o renunciaba al galardón. En 1906 Pierre murió atropellado por un coche de caballos. Años después, Marie inició una relación con Paul Langevin, antiguo alumno de su marido y hombre casado. La esposa de Langevin interceptó y publicó la correspondencia, y el escándalo saltó a la prensa internacional. Cuando llegó el segundo Nobel, hubo presiones para que no se le entregara.
Einstein y otros científicos intervinieron para que se mantuviera.
Qué pasó con el segundo Nobel y con Paul Langevin
La ceremonia de 1911 la dedicó a la memoria de su marido fallecido mientras la relación con Langevin seguía viva, según el relato que se ha difundido. El divorcio posterior dejó a Langevin sin patrimonio, sin la custodia de los hijos y con su reputación profesional dañada. Marie Curie, según esa misma versión, se desentendió de él. El episodio se ha usado como argumento para sostener que el comportamiento que se atribuye a las mujeres en el ámbito afectivo pesa más que cualquier logro profesional.
Hay que separar dos cosas. Una es la conducta privada, sobre la que existen versiones y sobre la que no hay sentencia alguna. Otra es el registro histórico de sus aportaciones: la radioactividad, el aislamiento del radio y del polonio, la primera cátedra de la Sorbona ocupada por una mujer. Murió de leucemia a los 66 años, tras décadas manipulando materiales radiactivos sin protección porque nadie sabía todavía que eran peligrosos. Ese detalle, que en el relato del escándalo apenas aparece, es el que mejor explica su biografía.
Por qué el caso se usa para discutir el mérito femenino
La discusión derivó rápido hacia un terreno más amplio. Una parte de los intervinientes sostiene que el éxito de muchas mujeres históricas se explica por el hombre que tenían al lado: mecenas, maridos ricos o parejas que abrieron puertas. Se citan casos como el de Coco Chanel, que empezó su carrera con el respaldo económico de Etienne Balsan y de Arthur Capel, o el de Mary Shelley, casada con el poeta Percy Bysshe Shelley y procedente de una familia acomodada. La conclusión que se extrae es que la meritocracia femenina es, en buena medida, un relato construido a posteriori.
La objeción es evidente: el mismo rasero aplicado a los hombres dejaría en pie muy pocas carreras. Los científicos, escritores y empresarios del siglo XIX y XX se movían en redes de patronazgo, herencias y matrimonios ventajosos. Louis Vuitton, que se cita como ejemplo de hombre hecho a sí mismo, empezó como aprendiz de baúl en un taller ajeno. El debate, en realidad, no es sobre Marie Curie: es sobre si el mérito se mide por lo que alguien hizo o por las condiciones en que lo hizo.
El argumento de la gestación y el papel de la mujer en la ciencia
Otra línea de discusión introduce un factor biológico: la gestación. Se argumenta que hombres y mujeres no pueden medirse con la misma vara porque la maternidad condiciona la trayectoria profesional de forma estructural. Es un argumento que se usa tanto para explicar la brecha de género en ciencia como para justificar roles diferenciados, y que en el intercambio se cruza con testimonios personales sobre mujeres con talento matemático a las que se les negó la formación por ser mujeres en la España de posguerra.
El dato que descoloca es el de la propia Curie. Manejó materiales radiactivos a pelo durante años, sin saber que eran peligrosos, y murió de leucemia. Ninguna de las dos cosas —ni el escándalo sentimental ni la falta de protección— impidió que su nombre aparezca dos veces en la lista de premios Nobel. La pregunta que queda sin respuesta es si eso importa o no a la hora de juzgarla.