Robles: «La amenaza es total y absoluta»
Margarita Robles acababa de colgar el teléfono con el secretario de Defensa de Estados Unidos, Lloyd Austin, cuando recibió a La Vanguardia en su despacho. Lo que dijo allí, publicado el 17 de marzo de 2024, sigue dando vueltas: la amenaza de guerra es «total y absoluta» y la sociedad española, a su juicio, «no es del todo consciente». «Me gustaría hacer una llamada de atención a la sociedad española», insistió la ministra de Defensa, que en junio cumplirá seis años al frente del Ministerio.
La entrevista llegó en un momento incómodo. La UE acababa de aprobar otro fondo de
5.000 millones de euros para Ucrania, el ejército de Zelenski mostraba síntomas de fatiga y en Washington apretaba el calendario preelectoral. Robles puso el foco en lo que considera el gran riesgo: que Putin gane y siga.
¿Qué dijo Margarita Robles sobre la amenaza de guerra?
La ministra no se anduvo con matices. «La amenaza es total y absoluta», afirmó, y añadió un argumento geográfico que repetiría varias veces: un misil balístico puede llegar perfectamente desde Rusia a España. Los países fronterizos con Rusia lo perciben muy bien; los del sur, dijo, tenemos menos conciencia. En el mismo saco metió Gaza y el Sahel, donde se declaró «muy pesimista».
Sobre el Gobierno, su versión es que está «las 24 horas del día» pendiente del escenario bélico, con un liderazgo «prudente y discreto» en Bruselas. Y sobre la oposición, un reproche: cada vez que ha comparecido en el Congreso para hablar de Ucrania no ha encontrado apoyo, sino críticas.
«Ucrania debe ganar»: el cambio de verbo
El titular de la entrevista no fue el miedo, sino el cambio de casilla. Hasta entonces se hablaba de ayudar a Kyiv a defenderse; Robles pasó a decir que «Ucrania debe ganar la guerra» y que tiene que hacer un esfuerzo para ello. Admitió que la contraofensiva del verano anterior se esperaba más exitosa, pero negó que eso autorice a hablar de derrota: el gran perdedor, sostuvo, es Putin, que pensó en derrotar a Zelenski en diez días.
La ministra situó la clave en la unidad de la UE y la OTAN y en el apoyo de la Administración de Joe Biden, del que dijo que es «total y absoluto» pese al momento preelectoral. Quien lea esa frase con el calendario en la mano entiende por qué el asunto se ha convertido en un problema de calendario más que de estrategia.
Las tropas españolas y la escalada que se quiere evitar
Macron había vuelto a insistir en enviar soldados a Ucrania. La respuesta fue tajante: «Sin duda, las tropas españolas ni están ni van a estar sobre el terreno ucraniano». Enviar tropas supondría «una escalada muy importante», y la línea de la OTAN desde el inicio de la invasión ha sido evitar cualquier escalada «a toda costa».
El problema es que ese mensaje no cierra la puerta, solo la entorna. Una parte del análisis sostiene que el ruido mediático sobre el rearme es la antesala de un despliegue con otro nombre —misión humanitaria, misión de seguridad— y que la secuencia recuerda demasiado a la del coronavirus: primero el relato, después la factura.
Nada nuevo bajo el sol, vienen a decir.
Quién paga el rearme europeo
El otro eje del descontento es el dinero. El fondo de 5.000 millones aprobado por la UE aparece en la conversación como el primer plato de una cuenta más larga, y la sospecha de comisiones, contratos de reconstrucción y fondos que compran tierras ucranianas planea sobre cada nueva partida. Es interpretación, no hecho probado, pero circula con la misma naturalidad con la que circuló el gasto de las mascarillas.
Hay quien va más allá y plantea la insumisión fiscal como forma de no financiar lo que no se vota. Otros recuerdan que las armas y los mercenarios llevan dos años sobre el terreno, que Rusia lo hace desde 2014 y que hablar ahora de todo esto en portada significa que se prepara un paso más. Cada cual arrima el ascua a su relato.
La advertencia que no se discute
En medio del ruido hay un punto que casi nadie rebate: la ministra lleva seis años en el cargo y el escenario no ha mejorado. Putin pensó que derrotaría a Zelenski en diez días. Ese es, de momento, el único dato que ha envejecido bien.