Reggaetón y cerebro: el estudio que activa más escepticismo que neuronas
¿Sabía usted que escuchar reggaetón activa más regiones cerebrales que una fuga de Bach? Según la neurocientífica Manuela del Caño Espinel, el ritmo machacón del dembow pone en danza veinte áreas del cerebro, muy por encima de la impredecible música clásica. La afirmación, recogida en una charla divulgativa y difundida por el diario As, ha desatado una tormenta de críticas. No tanto por su osadía —que también—, sino por los agujeros de una metodología que huele a pseudociencia.
28 personas, 26 años de media, mayoría muyer: ¿muestra representativa?
El estudio, según se desprende de los datos aportados, contó con 28 participantes reclutados en un hospital público, con una edad media de 26 años y predominio femenino. Una muestra exigua y sesgada que difícilmente permite extraer conclusiones sobre la población general. Como señalaron varios análisis, cualquier generalización con ese n es, cuando menos, temeraria. Falta saber quién financió la investigación y si los sujetos eran aficionados al género, lo que explicaría la activación emocional.
Bach sí, reggaetón también: la paradoja de la predictibilidad
La clave del argumento de la científica reside en la predictibilidad: el cerebro necesita anticipar lo que viene, y el reggaetón, con su ritmo hipnótico y repetitivo, lo consigue mejor que las complejas modulaciones de Bach. Pero, como apuntaron no pocos, que el cerebro se active más no implica que sea beneficioso. Función cerebral hay durante la defecación, e incluso durante una descarga eléctrica. La comparación con la música clásica, además, revelaba una confusión entre sorpresa y complejidad: un cerebro infantil también se activa con melodías sencillas, pero nadie diría que eso es signo de sofisticación.
¿Ciencia o propaganda cultural?
El debate de fondo trasciende lo neurológico. Detrás de la defensa del reggaetón como herramienta de activación cerebral se intuye un intento de legitimación cultural. Pero la ciencia, cuando se manipula para servir a una agenda, deja de ser ciencia. Los datos —28 sujetos, sin grupo control, con conclusiones extraordinarias— no sostienen el peso que se les quiere cargar. Mientras no se publiquen estudios replicables con muestras representativas, lo único que este episodio activa con certeza es el detector de escepticismo de quienes prefieren la evidencia a la anécdota.
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