Mamen Mendizábal: «no me venía bien» tener hijos en su momento
¿Cómo se pasa de «no podía» a «ya no quiero» sin que nadie pregunte qué ha cambiado por el camino? Mamen Mendizábal, presentadora de La Sexta, respondió a esa pregunta en su propio programa,
Encuentros inesperados, con una confesión que ha dado la vuelta a medio internet: en el momento en que podía tener hijos,
no le venía bien. Después llegó el divorcio, y con él un «no podía» que ella misma admite. Ahora, cuando dice que podría, sostiene que ya no quiere. La información original la sitúa con
46 años; en el debate se repite la cifra de 48.
Qué dijo Mamen Mendizábal sobre por qué no ha tenido hijos
La escena fue doméstica: cuatro invitados —Manuela Carmena, Samantha Hudson, Judit Mascó y Juanma López Iturriaga— construyendo sus respectivas familias con muñecos de Playmobil. Mendizábal puso sobre la mesa lo suyo: un perro, un hombre disfrazado de escudero y una figura femenina en bañador. Fue Mascó quien preguntó si estaba casada y, después, por qué había decidido no tener hijos.
La respuesta llegó sin pudor. «He estado casada, ya no estoy casada, ahora vivo en pareja», dijo. No tiene hijos, precisó, «ni del primer matrimonio ni de esta relación». Y añadió la frase que lo resume:
«En un momento en el que podía tenerlos, no me venía bien». Lo completó ella misma: «Luego me divorcié, por tanto, no podía tenerlos; en ese momento quería, aunque no podía». El cierre fue aún más seco: «Ahora que puedo, ya no quiero, entonces, es así».
Tampoco es una novedad en su discurso. Al despedirse de
Más vale tarde reconoció que el trabajo en televisión exigía «muchos sacrificios personales». Y lo remató en otra entrevista: «Tengo más fidelidad a los espectadores que a mi propia familia, no sé lo que es recoger a un niño en el colegio». Es vicepresidenta de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España. El currículum no está en discusión; la decisión, sí.
¿Se puede tener un hijo de forma natural a los 48 años?
Aquí empieza el problema. Quien ha puesto números sobre la mesa sostiene que a esa edad la probabilidad de concebir de forma natural es
del 1% o menos por ciclo, con ovulación irregular o directamente inexistente, y sitúa el riesgo de síndrome de Down entre
1 de cada 10 y 1 de cada 12 casos —en torno al 8-10%—, con un riesgo de aborto espontáneo que se dispara con la edad. Con reproducción asistida, añade, cada ciclo ronda los
4.000 euros y la probabilidad sigue siendo del 1%, con un intento menos en la mano por cada fallo.
De ahí que el verbo «puedo» cargue con todo el peso. A esa edad la pregunta incómoda ya no es si quiere, sino si el lenguaje está bien elegido. El desglose completo, con cada escenario y cada porcentaje, es lo que ha hecho saltar la conversación del plano personal al estadístico.
El coste laboral de la maternidad, el argumento que ella sí reconoce
El otro frente no es biológico, es de agenda. Criar un hijo exige, en palabras de quienes lo han hecho, años durmiendo mal, urgencias de madrugada, deberes, columpios y peleas por la siesta. Compaginarlo con un trabajo fuera de casa, sostienen, deja a mucha gente tirando de ansiolíticos. Mendizábal nunca ha disimulado que su carrera se comió el resto: «Es una forma de vivir que he elegido, pero que tiene un coste personal y un sacrificio grande», admitió.
El matiz importa porque desplaza el foco. La discusión pública no es tanto si una periodista de éxito debía tener hijos como qué precio paga quien decide no tenerlos por trabajo, y quién debería asumirlo.
Del reproche personal a la defensa de la decisión
Las reacciones se parten en varias corrientes. Una defiende la coherencia: nadie debería ser madre por presión social y elegir la carrera no es un delito. Otra pone el foco en el final de la vida y sostiene que renunciar a la descendencia deja la vejez sin red familiar. Una tercera convierte el caso en munición ideológica y llega a celebrar que no haya descendencia; ese tramo, minoritario, se mueve en el reproche personal y no en los datos.
Y otra más mete la
demografía en la ecuación. Frente al argumento de que falta gente, se responde que en los años ochenta la población mundial era de
4.300 millones y hoy ronda los 8.000, y que el crecimiento se concentra fuera de Europa: la UE representa cerca del
8% de la población global y baja. Con esas cifras, sostienen, el problema no es quién no tiene hijos, sino dónde se tienen.
Qué queda por resolver
Queda lo de siempre: una mujer pública que explica una decisión personal y un público que la convierte en asunto político. La carrera sigue, el perro también, y el «puedo» se ha convertido en la palabra más discutida de todo el asunto. El día que alguien demuestre que el verbo es correcto, habrá que buscar otro motivo para opinar sobre la vida de los demás.