El ajuste fino del cosmos y la probabilidad 1 entre 10^120
Un libro sostiene que los descubrimientos científicos de las últimas décadas hacen difícil de mantener la tesis atea. Su argumento central es el ajuste fino del universo: todo está tan calibrado que cualquier variación infinitesimal de una de sus constantes mandaría el cosmos al garete y la vida sería imposible. La afirmación ha alimentado un pulso interminable sobre si el orden cósmico procede del azar o de una inteligencia creadora.
Quienes defienden el texto insisten en que no es catecismo ni busca conversos: expone hallazgos y deja que cada cual piense lo que quiera. La réplica más repetida desde la otra orilla es simple. Que algo sea extraordinariamente improbable no significa que sea imposible.
El número que vertebra la tesis: 1 entre 10 elevado a 120
El edificio se apoya en un cálculo que manejan los defensores de la tesis. La probabilidad de que el universo llegue a ser como es por puro azar se estima en
1 entre 10 elevado a 120. Para darle escala, se compara con la lotería de Navidad: tocaría
1 vez entre 100.000 cada año durante varias décadas seguidas, algo que se describe como virtualmente imposible. El cálculo global se resume en un 0,0000000000000000000001%.
Hay más piezas. El paso de lo inerte a lo vivo —de una piedra a un cerebro consciente— se presenta como un salto de tal magnitud que atribuirlo al azar carece de sentido. Se llega a decir que es más fácil
sacar un seis en un dado miles de veces seguidas. Y el propio cosmos, milimétricamente ordenado, sería la casa sin la cual no habría habitación habitable. Los defensores de esta línea rematan con un dato: harían falta trillones de trillones de universos —
más que partículas hay en la Tierra— para que el azar fabricara uno solo con condiciones antrópicas.
La moraleja teológica es que existen dos salidas. O un encadenamiento de accidentes sobre accidentes que jamás volverá a repetirse, o la obra de una inteligencia creadora a la que históricamente se llama Dios.
La réplica escéptica: litros de agua, bacterias y billones de años
El contraargumento más elaborado no niega la improbabilidad; la desactiva con volumen y tiempo. En una gota de agua hay
un millón de bacterias. En la Tierra hay
1.370.000.000.000.000.000.000 litros de agua y cada litro contiene alrededor de
4.000 gotas. Traducción: hay muchísimos boletos en el sorteo. Billones de moléculas reaccionando durante miles de millones de años con radiación y cambios de energía acabarían produciendo algo capaz de autorreplicarse; de ahí, mezclas y más mezclas hasta una protobacteria.
El experimento mental más citado es el de los monos y la moneda. Se reparte una moneda a un billón de monos; los que sacan cara repiten, y de esos se conserva solo a los que vuelven a sacar cara. Al final queda un mono con
40 caras seguidas que parece especial. No lo es: ha sobrevivido la selección. Aumenta el número de monos y ya tienes la respuesta.
Desde esa orilla se insiste en que el azar no necesita ganar una vez, sino muchas, con un número de intentos que ningún cerebro visualiza bien. Y se recuerda que la evolución funciona así, acumulando pequeños cambios, igual que el ser humano creó naranjas y perros a base de hibridación y selección. La entropía y los eones, añaden, hacen el resto.
¿Por qué se discute si el universo pudo generar orden y leyes?
Aquí el choque se vuelve filosófico. Se sostiene que el cosmos es un todo ordenado, que orden implica leyes y que si hay leyes no puede haber azar. La ciencia, en esta lectura, solo tiene sentido si existen regularidades que entender. La contraofensiva recuerda que la revolución científica arrancó siglos antes de tener aplicación práctica, con la física teórica del XVII y aplicaciones que no llegaron hasta el XIX.
El argumento cosmológico aprieta por otro lado. El universo se inició hace unos
13.500 millones de años y no es eterno: camina hacia una muerte térmica por el segundo principio de la termodinámica. Si tuvo principio, sostienen, necesariamente hubo un creador inmaterial y atemporal. Se repasan las alternativas y se descartan una a una. La
luz cansada de 1929, que negaba la expansión, quedó invalidada por el satélite COBE en 1990. El estado estacionario de 1940 se abandonó. Los universos múltiples de 1957 —que intentaban explicar la reducción del paquete de ondas— nunca se tomaron en serio.
No es un cierre limpio. La interpretación de los datos cosmológicos no es unánime, y cada bando lee en los mismos guarismos una confirmación distinta.
La apuesta moral: ¿de dónde salen el bien y la justicia?
El terreno deriva a veces hacia la ética. Si existe un creador, se argumenta, la moral absoluta, la justicia y la belleza existen porque emanan de algo superior y están por encima de nosotros. Si no existe, serían inventos humanos para sobrevivir y no matarnos los unos a los otros, pero sin trascendencia. En el límite, sostienen, causar un daño masivo e indiscriminado a la humanidad no sería objetivamente ni bueno ni malo: solo convertir materia orgánica en otra cosa.
Es la vieja sospecha de que sin Dios todo está permitido, y el reproche clásico contra ella es que la ética puede fundarse en el pacto y la empatía sin necesidad de un legislador celestial. El pulso no se resuelve; se traslada del laboratorio al terreno de los valores.
San Azar, el dios de los que no creen en dioses
Cuando el intercambio se calienta, aparece la parodia. Quienes rechazan la intervención divina son retratados como devotos de una deidad alternativa:
San Azar, un ente caprichoso que, con un chasquido de mano imprecisa, engendra milagros en la ruleta indecisa. La ironía se escribió en verso: «En el reino de lo incierto y del absurdo, San Azar preside, de caos es surco».
La burla no es inocente. Sirve para señalar una supuesta asimetría: si el azar puede crear un universo ajustado, es tan milagroso como cualquier divinidad. Los aludidos responden que se trata de una caricatura, que nadie adora al azar y que confundir probabilidad baja con imposibilidad es el error de base de todo el edificio.
Las experiencias cercanas a la muerte, el capítulo aparte
A la batería científica se añade un apartado singular: las experiencias cercanas a la muerte, presentadas como un fenómeno repetido y no reducible a alucinación. El argumento se apoya en la explicación de un cirujano,
Manel Sans, que sostiene que lo observado no encaja con la hipótesis de la pura fantasía neuronal. La respuesta escéptica habitual —redes neuronales, patrones de activación sin necesidad de materia viva— no ha cerrado el asunto, y el tema se queda justo donde empezó: en la frontera entre lo inexplicado y lo inexplicable.
Ciencia y religión: ¿matrimonio histórico o coincidencia?
Una de las corrientes más repetidas sostiene que la ciencia nace unida a la
religión y que buena parte de los grandes científicos históricos fueron creyentes. Si todo fuera azar, argumentan, no habría leyes que descubrir y la ciencia sería una bobada. La trinidad civilizatoria sería arte, ciencia y religión.
Frente a eso se recuerda que el conocimiento se descubre y se crea a la vez, y que la física acumuló siglos de teoría antes de dar aplicaciones prácticas. Hay quien sentencia que llevamos cierto tiempo sin descubrir gran cosa.
Con estos mimbres, la discusión no parece cerca de cerrarse. La probabilidad seguirá siendo un número, el azar seguirá siendo un nombre, y cada bando leerá en los mismos datos la prueba de que tiene razón.