Madrid supera los 3,5 millones de habitantes y rompe su récord histórico
La capital alcanzó las 3.527.924 personas empadronadas tras sumar 67.433 habitantes en un año, un 2,02% más que en la misma fecha del año anterior. De esos nuevos residentes, 19.400 tienen nacionalidad española y 48.000 son extranjeros, según la revisión anual del padrón municipal. Todos los distritos incrementaron su población. El dato, presentado en la Junta de Gobierno, confirma una tendencia que lleva años reconfigurando la demografía de la ciudad y que ha dejado de ser una estadística para convertirse en un asunto político de primer orden.
Quién llega y de dónde: el perfil migratorio de Madrid
El desglose por origen dibuja un mapa concreto.
Según datos que manejan los analistas, Madrid es la ciudad de la península con más residentes africanos y más marroquíes, con 51.000 africanos y 32.000 marroquíes. La comparación con otros flujos es llamativa: hay más del doble de africanos que de alemanes, franceses y británicos juntos, que suman 24.000. En Barcelona, en cambio, los europeos occidentales (36.000) superan a todos los africanos (31.500).
Hay quien sostiene que el grueso de la llegada no es africano sino latinoamericano, y que el titular de la noticia —el récord de empadronados— esconde un cambio de composición más profundo.
El efecto llamada es la expresión que se repite para describir la atracción que ejercen los servicios sociales y las oportunidades laborales de la capital. Un dato que circula en el debate: en las ayudas de vivienda de la Comunidad de Madrid hay más marroquíes que todos los españoles juntos. La cifra no está verificada de forma independiente, pero ha alimentado la polémica sobre el acceso a prestaciones.
El padrón como termómetro político
El crecimiento del padrón no es solo una cifra administrativa.
Cada nuevo empadronado es un demandante potencial de vivienda, sanidad, educación y servicios sociales, y Madrid ya arrastra un problema de acceso a la vivienda que el propio aumento de población agrava. La pregunta que sobrevuela el debate no es si la ciudad puede crecer, sino a qué ritmo y con qué infraestructuras.
Una parte del análisis sostiene que la llegada de trabajadores extranjeros es imprescindible para sostener el sistema de pensiones y cubrir empleos que la población local no cubre, especialmente en cuidados y hostelería. Otra corriente responde que ese argumento es una
falsa dicotomía y que la inmigración no resuelve el problema de natalidad, solo lo pospone. El cálculo más optimista asume que la integración laboral compensa el coste de los servicios; el escenario pesimista parte de que la presión sobre la vivienda y los salarios bajos genera un conflicto social que ya se está viendo en los barrios más densos.
La vivienda: el cuello de botella que nadie discute
El aumento de población choca con un parque de vivienda que no crece al mismo ritmo. En el debate se menciona que
en Madrid ya no hay viviendas disponibles y que el precio por habitación se ha disparado. Un inversor ha comprado un edificio ruinoso para convertirlo en doce habitaciones de 6 metros cuadrados por piso a 200 euros cada una, según un caso que circula. La rotación de inquilinos y el subalquiler son prácticas que algunos propietarios describen con detalle: primero dejan de pagar, luego meten a familiares, después subalquilan habitaciones a compatriotas y, en el peor de los casos, hacen reformas no autorizadas. El cálculo completo de lo que cuesta mantener un piso en estas condiciones da una diferencia que sorprende.
La presión no es solo residencial.
El padrón oficial de 3,5 millones no cuenta a los no empadronados, a los turistas ni a la población flotante del extrarradio, que a diario entra a la ciudad a trabajar. Algunas estimaciones hablan de que la cifra real de personas presentes en Madrid se acerca a los 6 millones en horas punta. Ese desfase entre población registrada y población real es el que explica la sensación de saturación que muchos residentes describen.
El envejecimiento y la trampa de la dependencia
El argumento demográfico tiene una cara menos discutida:
Madrid tiene una población envejecida que necesita cuidados, y esos cuidados los cubren mayoritariamente trabajadoras migrantes. La demanda de cuidadores crece con cada año que pasa y la oferta local no alcanza. Es el argumento que esgrimen quienes defienden la llegada de población extranjera como una necesidad estructural, no como una elección ideológica.
Pero el mismo argumento tiene una réplica incómoda. Cada cuidadora que entra trae consigo, con el tiempo, a su familia. Los casos que se relatan son concretos: una dominicana que llegó sola y en pocos años se trajo a su marido y a sus cinco hijos; una hondureña que fue trayendo a sus cuatro hijos uno por uno con visados de turista.
Ningún país aguanta eso sin perder su identidad, es la conclusión que se repite. El debate no es si la migración existe, sino si el ritmo es sostenible.
Lo que dicen los números y lo que no
El dato oficial es tozudo: 67.433 nuevos empadronados, 19.400 españoles y 48.000 extranjeros.
La proporción es de aproximadamente un español por cada dos extranjeros. Dentro de los españoles, una parte no desdeñable son nacionalizados, es decir, personas que obtuvieron la nacionalidad después de llegar. Eso significa que el impacto real de la migración en el crecimiento de Madrid es aún mayor de lo que sugiere la división oficial.
El padrón no distingue entre nacionalidad de origen y nacionalidad adquirida, ni entre residentes estables y temporales. Es una foto fija que sirve para asignar recursos, pero no para entender la dinámica. Quien quiera saber cuántas personas de origen extranjero viven realmente en Madrid tendrá que cruzar el padrón con los datos de regularización y arraigo, y esos números no están en la foto oficial.
La ciudad más rica de España crece a un ritmo que ninguna otra capital europea de su tamaño registra. El récord de empadronados es un hecho. Lo que no está escrito en el padrón es cuántos de esos 3,5 millones caben en el relato de una ciudad que se piensa a sí misma como moderna, diversa y acogedora, y cuántos caben en el suelo de 6 metros cuadrados que alguien está dispuesto a alquilarles.