Al final de la manifestación en París, «ahora ya cabe esperar cualquier cosa», comenta un manifestante.
En la esquina de la calle Alexandre-Dumas y el bulevar de Charonne, agentes de la policía nacional —con las porras en la mano— identifican a una decena de personas que caminaban por la calle. En el bar de enfrente, nadie entiende muy bien por qué. Algunos graban por miedo a ser testigos de un posible abuso policial, pero la situación está tranquila. «Ahora ya cabe esperar cualquier cosa», dice un manifestante mientras termina su cerveza al concluir el recorrido. Los camiones se han estacionado alrededor para ocultar la escena. A unos cientos de metros, en el Cours de Vincennes, se oyen estallar granadas de dispersión.
En Marsella, un grupo de manifestantes se enfrenta a las fuerzas del orden frente a la iglesia de Les Réformés
Arden contenedores frente a la iglesia de Les Réformés, donde un grupo de manifestantes se enfrenta a las fuerzas del orden. Un «Centauro» avanza entre una nube de gases lacrimógenos; en respuesta, vuelan adoquines y algunos artefactos pirotécnicos. Otros grupos se estarían desplazando más lejos, hacia el centro de la ciudad, en dirección a Castellane. Todavía hay mucha gente en las calles.
Tensiones al atardecer en Estrasburgo
Aunque la manifestación convocada por la CGT y la FSU transcurrió con calma y en un ambiente familiar en Estrasburgo —entre la plaza del Maréchal-de-Tassigny y la plaza de la República, reuniendo a unos 6.600 manifestantes según la prefectura, y a 15.000 según la CGT—, el final de la tarde estuvo marcado por tensiones entre jóvenes manifestantes deseosos de enfrentarse a la policía. Fue una especie de válvula de escape, la puesta en práctica del cántico que resonaba en todas las columnas: «Todo el mundo odia a la policía».