La apuesta rusa por el desgaste y el invierno
La tesis lleva meses circulando con calculadora en mano: Moscú ha abandonado la idea de una victoria rápida y ha pasado a administrar el desgaste. Sanciones que dañan más a quien las impone que a quien las recibe, avances pequeños pero sostenidos y una fecha marcada en rojo en el calendario, la llegada del invierno. Quien defiende esta lectura sostiene que Rusia tiene
todo el tiempo del mundo y que avanza poquito a poquito. El titular del planteamiento es una combinación de posición defensiva, territorio consolidado y paciencia.
Por qué Moscú apuesta por el invierno y el grifo del gas
El argumento central es energético y estacional. Con el gas ruso cerrado, se sostiene que los países europeos afrontarán un invierno muy duro, que varios gobiernos podrían tambalearse y que la población vería con buenos ojos un acuerdo que devolviera el suministro, aunque exija cesiones. A eso se suma una supuesta ventaja táctica: tropas acostumbradas a combatir en el frío. La conclusión es que el objetivo no es ganar el mes que viene, sino llegar a la estación fría en la mejor posición posible y negociar desde ahí.
Un detalle del contexto bélico refuerza el escepticismo ajeno a esa tesis. Se recuerda una anécdota apócrifa de la guerra del Yom Kippur, cuando un asesor soviético recomendó atrincherarse y esperar al General Invierno, en pleno desierto. La broma apunta al punto débil de la analogía: el frío no reparte ventajas igual en todos los teatros.
Las cifras que contradicen la calma rusa
Frente a la imagen de paciencia estratégica, un participante enumera media docena de datos que, según su lectura, apuntan a un coste brutal para Moscú:
- Inflación: 15%
- Caída del PIB: 10%
- Gasto diario de guerra: cientos de millones
- Subida de pensiones: 10%, es decir, 20 euros sobre una prestación de 200
A eso se añade el capítulo humano y material: una cifra que circula en el hilo habla de
50.000 militares rusos muertos, a los que habría que sumar los heridos, además de material destruido cuyo reemplazo llevaría más de una década. Y dos adhesiones a la OTAN que Moscú quería evitar, las de Suecia y Finlandia, más una Ucrania que, según ese balance, queda como vecino hostil. La cifra de 50.000 muertos es una estimación discutida y otras lecturas la elevan muy por encima.
En el debate aparece también la lectura irónica de que ese coste es asumible para Moscú y de que, como le ocurrió al zar en la primera guerra mundial, la dirigencia no tiene prisa. El problema de ese paralelismo es obvio: aquel zar acabó como acabó.
¿Quién gana con las sanciones? China, según Orban
El primer ministro húngaro lo resumió con una frase recogida por la agencia TASS:
«China gana, Estados Unidos no pierde, Europa sufre». De fondo, la idea de que se está desvistiendo a un santo para vestir a otro: las materias primas rusas dejan de ir a Europa y encuentran comprador asiático a precio reducido.
En el mismo paquete aparecen Egipto, Turquía y Arabia Saudí mirando hacia el bloque de los BRICS, Arabia y Rusia como piezas clave del mercado del petróleo y un escenario incómodo para el bolsillo europeo. Brasil, según un participante, ha anunciado que comprará todo el diésel ruso que le vendan. Estados Unidos, energéticamente autosuficiente, puede permitirse actitudes que Europa no puede y, sin embargo, Bruselas sigue la estela. Hay quien lo resume con una frase que ya es un lugar común: el mundo se cansa de los papeles de colores y vuelve a fijarse en lo que tiene valor real.
El frente: avances pequeños y la ofensiva ucraniana frenada
En el terreno, el relato dominante es que Rusia ha consolidado la costa del mar de Azov, ha adoptado posiciones defensivas para que la otra parte se estrelle contra ellas y sigue arañando territorio en puntos clave. La ofensiva ucraniana del verano recuperó una porción mínima de lo ocupado, a cambio de pérdidas elevadas y de una ayuda occidental casi sin límites. Sobre la mesa, el coste comparado del material: proyectiles baratos contra cohetes carísimos.
También se da por hecho que la OTAN no enviará soldados propios. La ayuda económica y de armamento es masiva, pero la guerra se librará hasta el último ucraniano, la conclusión más repetida. Que esa predicción se sostenga con el paso del tiempo es, precisamente, lo que se pone a prueba.
Del gas al caos de los aeropuertos: el coste europeo
El daño colateral ya no es solo energético. En el Reino Unido los aeropuertos se han visto desbordados en plena temporada alta, con aerolíneas en dificultades por falta de mano de obra tras el Brexit, y hay quien apunta a unos precios inmobiliarios que impiden la movilidad del trabajador. La cadena se rompe por el eslabón más barato: nadie puede permitirse mudarse para cubrir un puesto estacional.
Aun así, el efecto sobre la inflación y sobre la rentabilidad empresarial europea es el argumento más citado para justificar el desgaste ruso. Hasta el presidente del Gobierno español aparece anunciando medidas y los alemanes miran al calendario con preocupación, según esta lectura.
El análisis se atasca justo aquí: sin conocer los objetivos reales de Moscú, nadie puede saber si avanza hacia algo concreto o solo compra tiempo. Con el frente casi quieto y la inflación al alza según los cálculos que circulan, la paciencia es un activo tan discutible como cualquier otro.