La herencia sin herederos forzosos: un 60% para Hacienda
El Impuesto de Sucesiones y Donaciones deja a los españoles sin hijos ante una encrucijada fiscal: si quieren legar su patrimonio a sobrinos, hermanos o amigos, Hacienda se lleva hasta el 60% del valor. En comunidades como Cataluña o Andalucía, un sobrino puede terminar pagando más de la mitad de lo recibido. Mientras, los discursos oficiales se centran en bonificaciones a herederos directos, olvidando que un tercio de los hogares españoles no tiene descendencia.
El agujero fiscal del que nadie habla
El debate sobre el Impuesto de Sucesiones y Donaciones suele girar en torno a las bonificaciones para parientes de primer grado: hijos y cónyuges. Pero la realidad es que, para el resto de herederos, el gravamen resulta confiscatorio. Por ejemplo, en Andalucía, un sobrino que herede 200.000 euros puede llegar a pagar más de 60.000 euros en impuestos. En Cataluña, el tipo marginal supera el 50% a partir de ciertos tramos. La normativa, cedida a las comunidades autónomas, provoca un mosaico de tipos que hace casi imposible planificar sin asesoramiento.
La falta de herederos directos agrava el problema. Según datos del INE, el número de hogares unipersonales crece un 15% anual, y cada vez más personas llegan a la jubilación sin hijos. Para ellos, la pregunta no es solo cuánto pagarán, sino si existe forma legal de evitar que el Estado se quede la mayor parte.
Las soluciones (reales y fantásticas) que circulan
Las estrategias van desde lo legal a lo rocambolesco. Las más serias pasan por la
nuda propiedad: vender el usufructo a un tercero y quedarse con la nuda propiedad, de forma que al fallecer el heredero recibe el pleno dominio sin apenas coste. Otra opción es la
hipoteca inversa, que permite transformar la vivienda en renta vitalicia, vaciando el patrimonio antes del fallecimiento. También se recurre a las
donaciones en vida, aunque para sobrinos las bonificaciones son mínimas o inexistentes.
En el extremo opuesto, abundan las soluciones de manual: el efectivo en el banco con retiradas periódicas para no dejar rastro, el testamento a favor de asociaciones, o directamente la máxima de
fundírtelo en vida —residencias de lujo, viajes, yates. Pero el peligro es la eliminación del dinero físico: según se discute en círculos financieros, la desaparición del efectivo dificultará cualquier transferencia no declarada. Quien apuesta por el ladrillo o por una cuenta en el extranjero se enfrenta a la creciente capacidad de control de Hacienda, con intercambio automático de información fiscal (CRS).
¿Queda alguna alternativa real?
La más recurrente entre quienes tienen patrimonio es la
residencia vitalicia con venta de la vivienda a un familiar: se vende el piso a un sobrino, pero se reserva el usufructo hasta el fallecimiento. El comprador adquiere la nuda propiedad a un precio inferior, y el vendedor sigue disfrutando del inmueble. Al morir, el sobrino consolida la propiedad sin apenas coste fiscal adicional. Eso sí, hay que contar con la liquidez para la compra-venta real, y la operación debe ajustarse a valor de mercado para evitar problemas con Hacienda.
Otra vía son los
seguros de vida con beneficiario designado, que no tributan en Sucesiones, sino en el IRPF del beneficiario (con un tratamiento más favorable). Sin embargo, el capital asegurado debe ser razonable para no levantar sospechas.
El consenso entre los analistas fiscales es que, a día de hoy, la planificación anticipada es la única vacuna. Dejar todo al azar o al testamento sin más es garantizar que Hacienda sea el heredero más beneficiado.
El dilema de fondo: propiedad vs. herencia
Detrás de este debate late una cuestión de principio: si el derecho a la propiedad privada incluye el de transmitir los bienes libremente. Con tipos que rozan el 60% para colaterales, muchos consideran que el Estado está ejerciendo una expropiación encubierta. Otros, en cambio, recuerdan que el impuesto es un instrumento redistributivo válido.
El caso es que, para quien no tiene hijos, la alternativa suele ser o pagar el tributo o ingeniárselas para no dejar nada. Y mientras la normativa no cambie, la creatividad fiscal seguirá siendo el único patrimonio que no tributa.
¿Es este un problema de diseño del sistema o un reflejo de que la sociedad no termina de aceptar que cada vez hay más hogares sin descendencia? La respuesta, como casi siempre en fiscalidad, está en los datos que nadie quiere ver.