La era de la arrogancia del programador ha terminado
Los programadores que hace un año se reían de la inteligencia artificial empiezan a ver los EREs en sus propias empresas. El giro es tan rápido que el sector no termina de asimilarlo: la IA no solo escribe código, está redefiniendo quién sobra y quién se queda.
De la negación al ajuste de cuentas
El caso del youtuber e informático Víctor Robles es casi terapéutico. Hasta hace un año negaba que la IA pudiera hacer gran cosa en la programación; hoy su discurso ha cambiado por completo. No es un caso aislado: en el sector, la fase de negación ha dado paso a la aceptación, con la incomodidad que ello conlleva.
Los datos que nadie quiere ver
El Digital Economy Lab de Stanford, en un estudio de Brynjolfsson, Chandar y Chen que cruza millones de nóminas de ADP, ha puesto cifras al fenómeno: desde finales de 2022, el empleo de los trabajadores de 22 a 25 años en ocupaciones expuestas a la IA ha caído un 13% en términos relativos. En programación, el golpe es aún mayor: el empleo de desarrolladores de esa franja de edad ha caído casi un 20% entre su pico de finales de 2022 y julio de 2025. Mientras tanto, los trabajadores de más edad se mantienen o incluso crecen.
La disyuntiva de las consultoras
En las consultoras IT, el cálculo es crudo. Si con diez programadores se sacaban diez proyectos al año, con agentes de IA se puede optar por decir al cliente que se sacan en un mes, o despedir a nueve y mantener la misma producción. La primera opción es competitiva; la segunda, también. Empresas como Vass ya han presentado ERES, y el miedo recorre los departamentos.
A medida o producto: la frontera que decide quién sufre
Una de las claves menos comentadas es la diferencia entre el software a medida y el software de producto. En el primero, la IA que escupe código es vista como un ahorro de costes, pero a la larga el mantenimiento se convierte en un pasivo que nadie quiere pagar. En el segundo, cada mejora revaloriza un activo que se reparte entre muchos clientes. La IA abarata escribir, pero no mantener. Ese desajuste es el que está partiendo el mercado laboral en dos.
¿Quién sobrevive?
Hay consenso en que los perfiles junior son los primeros en caer. Quienes solo saben pedir a la IA que resuelva un error sin entender por qué falla, se convierten en prescindibles. Los que saben preguntar, supervisar y distinguir una respuesta correcta de una alucinación, siguen siendo necesarios. Pero cada versión de los modelos mejora, y el plazo de validez de esa ventaja se acorta.
El futuro, a la vista de este debate, no es un apocalipsis inmediato, pero sí una reestructuración dolorosa: menos puestos de entrada, más presión sobre los seniors y una exigencia nueva de saber supervisar a la máquina. La historia no ha terminado, pero la etapa de la arrogancia, desde luego, sí.