Porros, samadhi y dioses egipcios: el viaje que acabó en Crowley
Ver a un dios egipcio entre caladas no es una revelación: es el cerebro haciendo su trabajo. El testimonio de un hombre que desde niño recogía colillas del cenicero de su padre para fumárselas y que con 16 años, tras ocho meses de consumo intensivo, dice haber entrado en samadhi y conversado con Toth, Ra, Hadit, Nuit y un tal Aiwass tiene todos los sellos de un clásico. Y no precisamente del género sagrado.
De las colillas paternas al jardín de los dioses
La historia tiene la textura exacta de un manual de autoiniciación: la infancia con chustas ajenas, la adolescencia con tiempo libre infinito, y la aparición de un pájaro con cabeza de ibis que le presenta a la serpiente de la emoción y a la diosa del tiempo. Hasta que descubre que Aleister Crowley ya había escrito todo aquello. La coincidencia no sorprende a quien conoce los procesos de búsqueda de sentido: el cerebro saturado de THC es una máquina de encontrar patrones donde solo hay humo.
El eco de Crowley y la perogrullada de la felicidad
La mitología de Crowley, con Aiwass, Nuit y Hadit, es un popurrí esotérico de principios del siglo XX. Que una experiencia personal encaje con ella es la definición misma de sesgo de confirmación. «Las nubes se parecen a lo que quieres ver», resume la parte escéptica. Y sin embargo, hay un matiz: lo subjetivo no es sinónimo de falso. Que el miedo a la muerte sea químico no lo hace menos real. Quien ha visto a Toth en el humo puede haber aprendido algo útil; el problema es confundir esa utilidad con una prueba gnóstica. La conclusión final del protagonista, que el dinero no da la felicidad porque solo alimenta una motivación falsa, es una perogrullada con la que es difícil discutir desde cualquier doctrina, cannábica o no.
De momento, el 99% de quienes ven algo en el humo se quedan en el jardín y no fundan religión. Cabe apostar que este tampoco lo hará. Pero no sería la primera vez que un porro termina siendo el prólogo de un tratado teológico.