Schengen se suspende: el argumentario progres pierde la partida
Italia rompe el tabú y el supuesto bulo deja de serlo
Schengen se puede suspender. Quienes aseguraban que era un bulo de la ultraderecha, que el Tratado lo impedía de forma absoluta, se han quedado sin aval. Italia ha activado los controles en sus fronteras y la Unión Europea, lejos de caerse, asiste al movimiento con la calculadora en la mano. La ley tiene muchas interpretaciones, y donde hay voluntad política, hay un modo. La suspensión no es un acto de piratería legal: es una llave que el derecho comunitario deja entreabierta cuando la presión migratoria aprieta.
La secuencia, vista desde dentro, tiene su ironía. Cuando los refugiados se amontonaban en Lampedusa, el relato dominante exigía repartirlos por toda Europa. Aquella solidaridad forzosa se vendió como un avance civilizatorio. Ahora que el país que acogió aquel desembarco decide que la puerta se cierra, los mismos que llamaban bulo a la suspensión hablan de hipocresía. O quizá solo de soberanía selectiva: la solidaridad se invoca cuando toca recibir y se condena cuando toca controlar.
El precedente queda, y no será el último
La pregunta incómoda no es si Schengen aguanta un golpe. Es por qué se ha tardado tanto en usar la herramienta. La respuesta probablemente esté en el coste político: suspender el espacio de libre circulación es un gesto que asusta a Bruselas y a los mercados, pero el rubor no dura. Si Italia ha abierto la vía, otros gobiernos con presión migratoria pueden seguirla, y entonces el debate sobre la Europa sin fronteras pasará de ser un artículo de fe a una negociación aritmética. Que nadie espere un final de manual: la política europea nunca ha sido clemente con los dogmas.