Los milagros de Jesús: qué puede probar la historia
Jesús de Nazaret nació, según los datos que se manejan en el debate, entre el 6 y el 4 antes de Cristo —la datación de Dionisio el Exiguo fue un desastre, ironías de la cronología— y murió con toda probabilidad entre el año 30 y el 33 de nuestra era. Son, como casi todo de esa época, datos aproximados y difusos. Sobre si convirtió agua en vino en las bodas de Caná, multiplicó panes y peces o resucitó a Lázaro, la disputa sigue abierta. El desacuerdo no nace de la falta de fuentes, sino de qué se puede hacer con ellas.
Por qué la evidencia histórica no resuelve la controversia
El primer choque es de método. Un predicador itinerante del siglo I que arrastró seguidores y terminó ejecutado es, según una de las posturas del hilo, un fenómeno sociológico documentable. Que esos seguidores creyeran verle cosas extraordinarias también lo es: hoy hay quien atribuye curaciones a curanderos sin que nadie sostenga que sean milagros. El salto problemático llega después, al convertir el testimonio de la creencia en prueba del hecho. La objeción de fondo es la de siempre: los relatos se escribieron más tarde y ninguno es un acta notarial.
El argumento que se muerde la cola: creer para poder ver
Aquí la discusión deja de ser histórica y se convierte en filosófica. Hay quien plantea la cuestión al revés: si el universo es puramente materialista, lo sobrenatural es imposible por definición y ninguna evidencia cambiaría el veredicto. En el lado contrario se sostiene que esa misma premisa es una conclusión ideológica disfrazada de escepticismo, y que si se acepta la existencia de un Dios, la posibilidad de milagros deja de ser un absurdo. Es un círculo: se pide conceder a Dios para valorar la prueba, y se responde que la prueba es justo lo que está en discusión.
El Talmud: de mago egipcio a embaucador
Fuera de los evangelios, la referencia más rastreada no es una confirmación, sino una acusación. Las tradiciones rabínicas recogidas en el Talmud —Sanhedrín 43a, Sotah 47a, Shabbat 104b— presentan a Yeshu como alguien que practicó magia, aprendida según algunos pasajes en Egipto, y que fue ejecutado la víspera de Pascua por desviar a Israel. Según se explica en el hilo, esos textos no buscaban hacer biografía, sino advertencias legales contra el embaucador. La fuente hostil no niega el relato: lo reinterpreta. Y eso ni prueba el milagro ni lo desmonta.
Lourdes, Carrel y los milagros con doble comisión
El frente se traslada luego al presente. El santuario de Lourdes somete cada supuesta curación a una doble comisión médica, con especialistas independientes que examinan el caso antes de declararlo inexplicable; el expediente, caso a caso, es de una minuciosidad que sorprende. El más citado es el de Alexis Carrel, agnóstico y futuro Nobel de Medicina en 1912, que fue a reírse y describió una curación en cuestión de horas. La contraargumentación no tarda: muchos de aquellos diagnósticos serían hoy simples errores, y hay dolencias que remiten solas. El último caso esgrimido es el de una mujer de 67 años con esclerosis lateral primaria, registrado en 2009.
Con estos mimbres, la pregunta original —¿eran reales los milagros?— no tiene respuesta histórica posible. La historia puede fechar a un hombre, situarlo en un contexto de taumaturgos y medir cómo otros lo recordaron. Lo que ocurrió entre el agua y el vino queda fuera de su alcance. Cada cual decide si eso es una derrota del método o simplemente la frontera donde el método se detiene.