La tesis de que los vacunados morirán pronto se queda sin fecha
La idea circula con seguridad de sentencia firme: los avances en inteligencia artificial volverán innecesaria a buena parte de la población en tres o cuatro años, y la vacuna contra la covid habría sido el método elegido para liquidar a la gente que va a sobrar. Ni un solo dato sostiene el pronóstico. Y sin embargo, la predicción se reajusta cada vez que la realidad no llega a tiempo y deja de haber cadáveres que enseñar. Ese es el primer hallazgo de este asunto: una teoría que fija fechas y luego las aplaza sin reformar ni una línea de su planteamiento.
El pronóstico original hablaba de días o meses. Al no cumplirse, el calendario se fue estirando. Los plazos pasaron a ser años, después una década larga y, en algún momento, la fecha se deslizó hasta el ridículo de marcar el día con horas y minutos. No hay pruebas de lo que se sostiene, solo una cuenta atrás que se reprograma cada vez que vence.
¿Cuándo morirán los vacunados? La fecha se mueve cada vez que pasa
El pronóstico empezó señalando a los vacunados como grupo condenado a corto plazo. Cuando ese plazo pasó sin cumplirse, el argumento se relajó hasta una fórmula cómoda y prácticamente irrefutable: lo mismo da cuándo, porque
algún día todos moriremos. Ese es el truco de la profecía que se autoprotege. Si el horizonte se aleja lo suficiente, cualquier resultado la confirma.
Con ese reajuste llegó el eco más repetido del asunto: la idea de que el proceso va
poco a poco, con unos que ya se han ido, otros de forma repentina y otros mediante accidentes. La hemeroteca, dicen, es muy cabrona. Pero una hemeroteca no es un estudio: recopilar casos no demuestra causalidad, y ahí es exactamente donde el argumento se queda sin gasolina.
La ironía interna llegó a ser más afilada que la denuncia. Que se pida
más precisión en la fecha de la propia muerte resume el estado del asunto: una advertencia que ya no se cree ni a quien la repite.
Los números que se citan: 120.000 muertos y un 93% de vacunados
Hay cifras concretas en la conversación y conviene ponerlas en orden. En España se han contabilizado alrededor de
120.000 muertos por covid, y alrededor del
93% de la población tiene al menos una vacuna; el 7% restante incluye a buena parte de los niños. Si esos porcentajes son ciertos, la conclusión cae sola: en una población casi enteramente inmunizada, atribuir cada fallecimiento a la vacuna exigiría un salto lógico que nadie da.
El dato más repetido por el lado agorero viene de las estadísticas de mortalidad general. Se citan los peores meses de la pandemia, con los registros del Instituto de Salud Carlos III, y se comparan con la media histórica para sostener que hay un exceso de muertes que la vacuna explicaría. El problema de ese salto es que el mismo registro muestra lo contrario: la mortalidad se concentró en los tramos de edad más avanzados, donde la letalidad llegó a escalar hasta el
20% antes de que existiera profilaxis alguna.
Sobre la base de esas mismas tablas, hay quien sostiene que el exceso de mortalidad no es atribuible al virus. En contra pesa un argumento difícil de sortear: comparar solo los meses que convienen y dejar fuera el resto del periodo distorsiona cualquier media.
Del grafeno al 5G: los argumentos reciclados
A medida que el relato clásico se agotaba, la conversación fue mutando hacia terrenos nuevos. Apareció el
grafeno como componente supuestamente inyectado, y con él la acusación de nanotecnología en las dosis. La respuesta técnica es sencilla y demuele la sospecha: el grafeno no se absorbe ni se metaboliza, y de entrar en el organismo se eliminaría por vías naturales. Fin del misterio.
Luego llegó el turno de la telefonía. Se sostiene que la verdadera quinta generación mueve frecuencias no autorizadas, hasta los
24 GHz, y que esa frecuencia casaría con una supuesta resonancia del grafeno. Es una cadena de eslabones hipotéticos encadenados sin un solo ensayo que los una.
Entre medias se cuela el viejo molde del virus de laboratorio: la tesis de un patógeno diseñado al que se le habrían añadido fragmentos del VIH para dañar el sistema inmune y practicar un control selectivo de la población. Es una variante del malthusianismo de manual, sin ningún respaldo experimental, y quienes la repiten admiten que se basan en interpretaciones personales de secuencias, no en estudios revisados.
El detector de Bluetooth y la prueba que nunca aparece
La parte más comprobable, y por eso la más reveladora, es la del supuesto control por señal inalámbrica. La tesis dice que los vacunados emiten una MAC de Bluetooth detectable por cualquier aplicación de escaneo. Es una afirmación verificable en dos minutos y, al comprobarse, se cae: no aparece ninguna señal atribuible a las dosis, y cualquier calle real muestra dispositivos sin nombre identificable de todo tipo, sin relación con ninguna vacuna.
Ahí se ve el mecanismo del bulo en plena faena. Cuando el detector no detecta nada, la sospecha no se retira: se traslada al aparato, que estaría capado. El sesgo es perfecto: si encuentro la señal, tengo razón; si no la encuentro, también.
Y en el fondo de casi todos estos mensajes late la misma idea, la del control absoluto: la de que a los vacunados les han robado algo intangible y no lo saben. Es una imagen potente y vacía, porque nunca acompaña una medición.
Dónde se atasca el análisis
Queda una tensión sin resolver. Por un lado está la crítica legítima a la gestión de la pandemia, a los beneficios de las farmacéuticas, a las demandas y a las investigaciones abiertas. Eso es discutible y merece discusión pública. Por otro, se le adhiere una capa de profecía que mezcla grafeno, frecuencias, marcadores invisibles y una élite que decide quién sobra. Y ese paquete no se sostiene: cada prueba que se propone para demostrarlo, al ejecutarse, la desmiente.
La fecha sigue sin llegar. La pregunta ya no es cuándo morirán los vacunados, sino cuántas veces se puede postergar un pronóstico antes de que quien lo lanzó se quede sin calendario que mover.