Las compras colectivas de los inmigrantes en Mercamadrid disparan el debate sobre el ahorro en tiempos de crisis
Eran las 7 de la mañana de un día de diciembre de 2010. Samuel Prado y Francisco Javier Vélez, colombianos de 51 y 42 años, esperaban en el parking de Mercamadrid después de cobrar el paro. No estaban solos: cinco familias, cuatro de inmigrantes y una española, se habían unido para comprar al por mayor. La idea: evitar intermediarios y ahorrar. El artículo de Daniel Ayllón en El Confidencial los presentó como pioneros del 'lonchafinismo' –esa capacidad de estirar el presupuesto doméstico hasta límites insospechados– y desató una discusión que, quince años después, sigue vigente.
¿Innovación o supervivencia obligada?
El concepto no es nuevo. En tiempos de escasez, las compras colectivas han sido una constante en todo el mundo. Pero el contexto de la crisis de 2008 puso el foco en los inmigrantes como adelantados de una tendencia que muchos españoles tardaron en adoptar. Mientras unos veían en estas cooperativas informales una lección de eficiencia –"apretarse los machos y despertar el ingenio", resumía un análisis de la época–, otros denunciaban que no era más que gorroneo. "Educación gratis, sanidad gratis, subvenciones gratis... ¡toma ya lonchafinismo!", ironizaban los críticos, señalando que el verdadero ahorro llegaba del abuso de los servicios públicos.
El 'señoritismo' como barrera cultural
Una de las reflexiones más afiladas apuntaba a la dificultad de los españoles para organizarse en cooperativas. "Hasta en la más absoluta de las miserias, siempre seremos señoritos", se lamentaba un observador. La cultura del individualismo –o del 'marquismo', como se etiquetaba entonces– choca con la necesidad de agruparse para negociar precios. Mientras los inmigrantes, acostumbrados a situaciones extremas en sus países de origen, aplican tácticas de supervivencia heredadas, el ciudadano medio español sigue prefiriendo la comodidad del supermercado de barrio. "Nacieron en medio del Mad Max", resumió gráficamente un participante, "han sobrevivido y llegado hasta aquí, eso ya les otorga el grado de caballero Jedi de la supervivencia".
Los números no siempre cuadran
Pero el ahorro real tiene sus límites. Ir a Mercamadrid requiere pagar entrada (unos 3 euros), comprar por cajas enteras, disponer de furgoneta y dedicar horas a repartir. Un análisis detallado mostraba que el margen no es tan abultado como parece: el descuento ronda el 30% en frutas y verduras, pero no siempre compensa el esfuerzo logístico. Además, la compra en grandes cantidades exige coordinación y renunciar a la variedad. "¿Por qué apenas hay cooperativas que duren en España?", se preguntaba alguien. La respuesta: gustos dispares, desconfianza y falta de tiempo.
La paradoja final
Quince años después, el debate sigue abierto. Los inmigrantes demostraron –al menos en aquel 2010– que la necesidad agudiza el ingenio. Pero también evidenciaron que la fórmula tiene fecha de caducidad: conforme la crisis amainó, muchas de esas cooperativas informales se disolvieron. Lo que queda es una lección incómoda: el 'lonchafinismo' que tanto se aplaude en los discursos choca con la realidad de una sociedad que, en palabras de uno de los comentaristas, "prefiere ver a la Esteban en la tele que autoorganizarse". Y mientras, el dato que descoloca: el ahorro de aquella compra conjunta apenas superó los 50 euros por familia. Mucho ruido para tan pocas nueces.
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