Etruscos: el origen que, según se sostiene, Roma quiso enterrar y nadie sabe dónde poner
En el museo de Zagreb se conserva un texto manuscrito sobre lino que en su día cubrió una momia. Es uno de los pocos documentos extensos que sobreviven de una civilización que controló buena parte del centro de Italia entre el año 1000 y el 400 antes de Cristo, que le enseñó a Roma casi todo lo que Roma presumía de saber y cuyo origen sigue sin estar claro. El
origen de los etruscos es una de las preguntas más viejas de la arqueología europea, y las dos grandes respuestas que hoy circulan las dio la Antigüedad hace más de dos mil años.
¿De dónde venían los etruscos? Las dos respuestas de siempre
El primero en mojarse fue Heródoto. A mediados del siglo V antes de Cristo situó a los etruscos como un grupo de inmigrantes llegados de
Asia Menor, en concreto de la meseta de Lidia. Virgilio, Ovidio, Horacio y Séneca dieron por buena esa versión. La segunda respuesta llegó de la mano de Dionisio de Halicarnaso, que en época de Augusto sostuvo lo contrario: los etruscos eran población
autóctona de Italia, sin viaje ni éxodo. Dos tesis opuestas, planteadas con los mismos mimbres que hoy, y milenios de discusión por delante.
La teoría de Heródoto: una hambruna y un viaje por mar
El relato de Heródoto (Historia I, 94) es minucioso. Bajo el reinado de Atys, una escasez de alimentos asoló Lidia. Los lidios aguantaron al principio, pero cuando la cosa se eternizó cada cual empezó a inventar para engañar al hambre; de ahí, cuenta, salió el juego de los dados. Al final, una parte de la población emigró y esa corriente, la de los llamados tirrenos, habría acabado en Italia. La hipótesis sigue viva: la han reciclado en clave arqueológica quienes señalan rasgos culturales —
el alfabeto, por ejemplo— con paralelos en el suroeste de Anatolia.
Dionisio de Halicarnaso y la escuela autóctona
Frente a eso, la otra mitad sostiene que no hubo viaje ninguno. Buena parte de la etruscología italiana —Pallottino o Torelli entre los nombres que se citan— defiende que la
cultura de Villanova, originaria de la península, es la predecesora directa de la etrusca. Según esta lectura, la civilización etrusca es un producto italiano, un fenómeno que no se repite en ningún otro sitio, y la pregunta por la procedencia es casi irrelevante. Los autores extranjeros, de Freret a Niebuhr o Müller, se han inclinado más por la tesis asiática. Dos bandos y ningún tribunal.
¿Qué dice el ADN sobre el origen de los etruscos?
En las últimas décadas el debate ha incorporado la genética, y con ella el ruido. Un experto anunció ante la Sociedad Europea de Genética Humana que los etruscos no eran originarios de Italia y que venían de Anatolia, presentando la prueba como incuestionable. La réplica llegó pronto: hay quien sostiene que no existe material suficiente para afirmar nada con marcadores genéticos y que cada pocos años aparece un estudio que zanja el asunto, al que sigue otro con los mismos datos que dice justo lo contrario. En medio quedan las tesis intermedias: una mezcla de inmigrantes orientales y población nativa, sin que nadie aclare quién influyó a quién.
Pueblos del Mar, el lemnio y la pista de Troya
Hay una tercera vía que combina sustrato autóctono y contacto oriental. Los
Pueblos del Mar, que hacia 1200 antes de Cristo desestabilizaron todo el Mediterráneo oriental —llegaron a atacar Egipto y Ramsés III los rechazó con dificultad—, podrían incluir a los teresh, identificados con los tirrenos. Varios de esos nombres tienen paralelos geográficos: shardana y Cerdeña, shekelesh y los sículos. Y hay un detalle lingüístico que aviva la comparación: una de las pocas lenguas conocidas con alguna semejanza al etrusco es el
lemnio, hablado en una isla griega frente a Anatolia, cerca de Troya.
Lo que sí sabemos de los etruscos
Se llamaban a sí mismos
rasna o raseni; etrusci era el nombre que les daban los demás. De su lengua se conservan unas 10.000 inscripciones, además del texto sobre lino del museo de Zagreb. Se puede leer —su alfabeto deriva del griego—, pero comprenderla entera sigue siendo un problema: faltan textos largos e inscripciones bilingües que sirvan de llave. De su religión se sabe que no era devoción de templos de mármol: usaban materiales perecederos, de ahí que casi no haya quedado nada. Y hubo un rasgo que chocaba a sus vecinos: el papel de la mujer, con un estatus poco habitual en el mundo antiguo.
Roma se llevó el crédito. Los lictores, las fasces, la toga purpurada, los pontífices, la silla curul, el arco de medio punto, las calzadas, la Cloaca Máxima o el ancla pasaron de Etruria a Roma, que luego los vendió al Mediterráneo entero. La obra que el emperador Claudio escribió sobre los etruscos, cuando ya se estaban extinguiendo, se destruyó poco después de su muerte. Con ella se fue el relato más completo que pudimos tener. Y aquí seguimos, dos mil quinientos años después, con las mismas dos respuestas y sin forma de elegir.