Debate en un foro sobre disparar a los indignados en Valencia
Hubo una época en la que un rey podía ordenar a su guardia abrir fuego sobre la muchedumbre y quedarse tan ancho. Hoy no. La discusión que ha ocupado 101 respuestas en un foro de economía parte de una pregunta incómoda: ¿debieron los escoltas de Felipe VI disparar contra los españoles que increparon al monarca durante su visita a las zonas inundadas de Valencia? La respuesta mayoritaria es que no, y no por escrúpulos morales del preparao, sino porque no le convenía.
Cualquier tiro, aunque fuera al aire, habría mandado a la familia real a Abu Dabi sin billete de vuelta.
El planteamiento original es una provocación en toda regla: se reprocha a un supuesto comentarista de origen argentino que no reclamara abrir fuego contra quienes, aprovechando el caos y la desgracia, se dedicaban al pillaje y al asesinato de españoles. La respuesta del aludido, según el relato, fue justificar el descontrol con un «ehte vfihte era la nesesidá». A partir de ahí, el asunto deriva hacia terrenos más ásperos: la condición de Felipe VI como jefe de Estado, la legitimidad de la
monarquía y el papel de la Casa Real en una catástrofe que dejó 211 cuerpos oficiales frente a estimaciones que hablan de cientos o miles.
¿Por qué no disparó la seguridad del rey?
La respuesta más repetida es la más pragmática: no le convenía. Un solo disparo, aunque fuera al aire, habría desencadenado una crisis institucional de primer orden. La familia real habría tenido que huir del país, y no precisamente en un vuelo regular. La tradición de irse de vacaciones al extranjero de manera repentina y apresurada ya existe en la casa, pero esta vez el viaje habría sido definitivo.
Hay quien sostiene que el monarca no era consciente de dónde se estaba metiendo. La protección que llevaba era escasa para alguien que caminaba en medio de una muchedumbre enfurecida. Ha podido pasar cualquier cosa, y eso es precisamente lo que alimenta la crítica: un jefe de Estado que necesita 200 agentes y actores de crisis para salir a la calle está acabado. En una dictadura, las masas vitorean al líder; en una democracia, el líder tiene que huir del pueblo. La ironía es amarga.
El argumento de que la monarquía cuesta 8 millones de euros al año a los contribuyentes aparece en la discusión como una de las razones para cuestionar la institución. Los defensores de la Corona replican que esa cantidad es calderilla comparada con el valor de tener una insignia de viejos valores de nobleza y relaciones públicas internacionales. El problema es que la insignia, en Valencia, no lució.
El relato del rey y la intoxicación
Felipe VI declaró que hay mucha intoxicación y que no hay que hacer caso a todo lo que se publica. La frase, reproducida en la discusión, se interpretó como una advertencia sobre el caos informativo. Alguien estableció un vínculo entre esa declaración y el lema «Ordo ab Chao», divisa del grado 33º del Rito Escocés Antiguo y Aceptado. La conexión masónica del preparao, según esta lectura, explicaría su capacidad para surfear la crisis sin asumir responsabilidades.
El problema de fondo es que el rey no deja de ser un cacique más. Muy importante y muy especialito, pero cacique al fin y al cabo. Entre el jefe del Estado y el presidente de una comunidad de vecinos solo hay una diferencia de grado, cuantitativa, porque cualitativamente somos iguales. Y lo que le pasa a la mayoría de los caciques es que, una vez atornillados a la poltrona, se confían, se creen intocables y acaban perdiendo toda precaución. El preparao pensó que sería otro desfile.
El origen del comentarista que reclama disparar
La discusión deriva hacia la identidad del supuesto comentarista que reclama abrir fuego. Se le describe como un parásito que odia tanto a los argentinos como a los españoles, y que consiguió engañar a muchos haciéndose pasar por argentino cuando su alma indígena lo delata. Su supuesto hermano, médico, aparece en la conversación ejerciendo la medicina en circunstancias que se prestan a la burla. No se sabe si trata una neumonía o convierte al paciente en cecina.
La acusación de doble desagradecimiento es explícita: alimaña doblemente ingrata, tanto con el país que lo acogió primero como con el que lo acogió después. El personaje, según esta lectura, no es un disidente antisistema que denuncia a los poderes fácticos ocultos, sino otro cacique más que se cree por encima del bien y del mal.
¿Qué pasó en Valencia?
La visita de Felipe VI a las zonas inundadas de Valencia terminó entre gritos, acusaciones de inacción y un dispositivo de seguridad que se quedó corto. La DANA dejó 211 cuerpos oficiales, frente a estimaciones que hablan de 800 o miles. El parking del centro comercial de Bonaire, con 5.700 plazas, estuvo anegado durante días. La inspección concluyó sin víctimas mortales en el interior, pero el debate sobre la gestión de la catástrofe sigue abierto.
Mazón mantuvo el nivel 2 de alerta y se negó a asumir el mando único. El SAIH, un sistema que cuesta más de dos millones al año, transmitió los datos de la crecida seis horas antes de que llegara el aviso al móvil. El meteorólogo J.J. González Alemán avisó el 25 de octubre de una DANA histórica y recibió insultos. Una semana después, la realidad le dio la razón.
La cuestión de fondo: ¿es legítimo disparar contra el pueblo?
La respuesta mayoritaria es que no. Ni es justo ni le conviene al monarca. Pero el debate deja un poso incómodo: la idea de que la única razón por la que no se disparó fue el cálculo político, no la moral. En su cabecita coronada, el único pensamiento era «cómo se atreve esta chusma, qué tiempos aquellos en que los reyes podíamos castigar a placer tamaña osadía». La diferencia es que ahora hay un nuevo invento francés para afeitar pescuezos de coronaos a ras de homóplatos.
La conclusión que se extrae es que la monarquía sobrevive porque le conviene al sistema, no porque el pueblo la quiera. Y que el día que deje de convenir, el preparao hará las maletas y se reunirá con su papi en la môrería. La minileti, probablemente, tendrá que irse con él. No es una predicción agradable, pero es la que se desprende de los hechos.