Batallas de aura: la guerra generacional tiene nuevo campo de batalla
Las batallas de aura -quedadas de adolescentes para medir el 'aura' con gestos, miradas y bailes- han logrado en una tarde lo que no consigue ni el euríbor: reunir 5.000 comentarios de adultos indignados en una sola publicación. La escena se repite en toda España: jóvenes en plazas, con gesto serio, midiendo quién tiene más 'aura'. Y detrás, una legión de críticos que clama por la falta de disciplina.
La memoria es selectiva, y aquí la hipocresía campa a sus anchas. Quienes hoy piden mano dura para los adolescentes -y no escatiman descalificativos- olvidan que su propia juventud, la de finales de los 80 y 90, tenía ritos bastante menos presentables: la borrachera como rito de paso, saltar sobre coches aparcados o, en la España rural, arrojar cabras desde campanarios. El contraste es demoledor: entonces era 'cosas de chavales'; ahora, con la misma edad y en una plaza, es síntoma de decadencia. La diferencia no está en el acto, sino en quién lo mira.
La discusión, además, se ha contaminado de política: acusaciones cruzadas que poco tienen que ver con los críos. A esta velocidad, la próxima quedada de aura terminará en el Congreso. Pero detrás del ruido queda un hecho incómodo: los chavales no se drojan, no agreden a nadie y se divierten con lo que tienen. Lo que no se perdona es la desfachatez de ser joven en público.
Seamos honestos: las batallas de aura son ridículas, como todas las modas. Pero antes de pontificar sobre la degeneración de la juventud, habría que preguntarse por qué la visión de unos críos haciendo el simple enferma tanto a quienes, con su edad, hacían cosas que hoy no confesarían ni borrachos. Igual el problema no es el aura, sino el espejo.