Los cines suben el precio de las butacas del medio y etiquetan como ganga las laterales
Las cadenas de cine han comenzado a aplicar un nuevo sistema de precios dinámicos que encarece los asientos centrales hasta los 13,40 euros, mientras abaratan ligeramente las filas laterales y traseras. La estrategia, que algunos califican de “subida encubierta”, genera un notable rechazo entre el público, que ya arrastraba una caída sostenida de espectadores.
Un cebo con descuento que esconde un encarecimiento real
El cambio de tarifas se presenta como una rebaja en las butacas “Classic” (las de peor ubicación), pero la entrada para la zona óptima de la sala se sitúa en los 13,40 euros, frente a los 10 euros que costaba la localidad única antes de la pandemia. Los críticos señalan que la mayoría del público seleccionará instintivamente los asientos centrales –los únicos que permiten ver la película sin forzar el cuello–, por lo que el nuevo modelo se traduce en un incremento real del precio medio por entrada. “Primero quitaron al taquillero, ahora esto”, resume un análisis recurrente.
Salas semivacías y la tentación de cambiarse de sitio
La paradoja es que las salas rara vez se llenan. Con una ocupación media que no alcanza el 50% en la mayoría de sesiones, muchos espectadores pagan la butaca más barata y se trasladan a una zona premium una vez comenzada la proyección. Esta práctica, conocida como “salto de butaca”, se ha convertido en una respuesta habitual que las cadenas contemplan con resignación. “Si la sala está vacía, pagas la barata y te cambias”, es el consejo extendido. La diferencia de apenas 2 euros no disuade a quienes consideran el cine una experiencia ya de por sí cara.
La competencia del salón de casa y la caída de la calidad
El trasfondo del debate no es solo el precio, sino la competencia de las plataformas de streaming y la calidad del producto. Con un proyector de 150 euros y un sistema de sonido 5.1, reproducir en casa la última película en 4K cuesta menos que dos entradas en el cine. A eso se suma la percepción de que el cine comercial ha degenerado en una oferta de “basura progre-woke”, con escaso atractivo para un público adulto. Las referencias al “Día del Cine”, jornada en la que las entradas se venden a mitad de precio y las salas se llenan, alimentan la tesis de que la demanda no ha desaparecido: responde al precio.
Para agravar la situación, la inflación reduce el poder adquisitivo de las familias, que recortan primero los gastos prescindibles. El cine, con un coste que puede superar los 25 euros por pareja si se añade la consumición, es uno de los primeros sacrificados. La respuesta de las cadenas –subir el precio de los asientos deseables– se interpreta como un intento de exprimir al público que aún acude, acelerando quizás la espiral de abandono.