Adiós al bar Paco, la última Roma de la España de la peseta
Entrar en un bar Paco en los años 80 era un bautismo de fuego. Una nube de humo espeso, el crujido de torreznos y pipas bajo los pies, el golpe seco de las fichas de dominó contra la mesa y el olor a vino barato y tabaco de picadura. Allí se arreglaba el carburador por la mañana y se discutía de fútbol y política hasta la hora del cierre, que casi siempre era cuando el dueño se cansaba.
Pero el bar Paco no era solo un antro: era el ecosistema económico y social de la España periférica, anterior al euro, a la hipoteca a 30 años y al café de especialidad. Un chato de vino costaba 50 pesetas (0,30€), un Faria, 80. Y el brandy MAGNO se servía sin preguntar. Abrían los fines de semana a las 6 de la mañana para servir churros y bocadillos a la juventud que volvía de fiesta. Hoy eso suena a ficción, pero era la rutina.
La economía del bar Paco: más barato que un Starbucks
La comparación con la cadena estadounidense no es casual. Mientras un Starbucks te cobra 4€ por un café con leche de soja, en el bar Paco por el mismo precio te emborrachabas tres veces y te llevabas un paquete de Ducados. La clave era el margen mínimo: el local era propiedad del camarero, la decoración era de calendario de talleres Pérez y el aire acondicionado, un ventilador de plástico amarillento. No había reposición ni diseño: la progre era parte del mobiliario.
Paqusimo clásico vs. tardío: la evolución del fenómeno
Los entendidos distinguen entre el «Paquismo clásico» (años 70 y primeros 80) y el «Pacocó» tardío. En el primero, el bar era extensión del taller mecánico: se subía el motor de arranque a casa y se arreglaba en la mesa camilla; luego se bajaba al bar a celebrarlo con un chato. En el tardío, ya aparecían las máquinas tragaperras, la quiniela y el teletexto con los resultados de los partidos. Pero la esencia seguía siendo la misma: un lugar donde el que no pagaba se enfrentaba al garrote con la inscripción «si no pagas me descuelgo».
El dato que descoloca: ni toros ni fútbol
Contra el mito, el fútbol no era tan popular como se cree. Se jugaba más al dominó y se hablaba de toros, pero sobre todo se bebía. Y no había café de máquina: el Cola Cao se consideraba una afrenta que el dueño mandaba a hacer a la progenitora del cliente. En ese ecosistema de libertad sin licencia fiscal, el bar Paco era el último refugio de una España que ya no volverá. Lo que queda, dicen los veteranos, es solo un decorado.