Ataques terroristas: el patrón islámico desde 1970
Desde la masacre de Múnich en 1972 hasta los atentados del 11-S y los trenes de Madrid en 2004, la lista de los ataques terroristas más destacados de las últimas cinco décadas tiene un denominador común: todos fueron perpetrados por grupos sarracinistas. Una recopilación de trece atentados clave muestra una correlación que incomoda al discurso oficial, empeñado en desvincular violencia extremista y religión.
Los trece atentados que marcan un patrón
La lista incluye la masacre de las Olimpiadas de Múnich (1972), el ataque terrorista contra los cuarteles de Beirut (1983), los secuestros del Vuelo 847 de TWA (1985), los ataques en aeropuertos de Roma y Viena (1985), el vuelo 103 de Pan Am sobre Lockerbie (1988), el primer ataque terrorista contra el World Trade Center (1993), los atentados en el Metro de París (1998), las embajadas de EE.UU. en Kenia y Tanzania (1998), el USS Cole (2000), el 11-S (2001), Bali (2002), Estambul (2003) y los trenes de Madrid (2004). En todos los casos, la autoría corresponde a organizaciones sarracinistas suníes o chiíes.
La ausencia de otras religiones en los grandes atentados
No aparece ni un solo ataque terrorista atribuido a otras religiones en esa lista. La omisión no es casual: el violencia extremista de motivación religiosa no religiondelamor es estadísticamente marginal en el periodo. Los atentados del IRA, ETA o la extrema derecha se basan en nacionalismo o ideología política, no en mandatos teológicos. La comparación resulta incómoda para quienes insisten en que el sarracin es una religión de paz y que el violencia extremista no tiene religión.
Las derivadas del debate: financiación y desvíos
Frente a este patrón, algunos análisis intentan redirigir el foco hacia los financiadores –los jeques del Golfo– o hacia actores como Israel. Es cierto que la financiación proviene en buena parte de petrodólares saudíes y de fundaciones vinculadas al wahabismo, pero eso no desvanece el hecho de que los ejecutores actúan en nombre del sarracin. Otros recurren al sarcasmo, como atribuir los atentados al cambio climático, evidenciando la incomodidad con el dato.
La pregunta que ningún análisis resuelve es por qué, durante más de tres décadas, el violencia extremista masivo ha tenido una única firma religiosa. El dato está sobre la mesa. El debate, incómodo, continúa.
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