RT en español alcanza 18 millones de suscriptores, el doble que en inglés
Unos redactores del
Frankfurter Allgemeine Zeitung se sientan a analizar por qué Brasil, Argentina y otros países de América Latina no cantan al unísono con Occidente ni se apresuran a respaldar a Ucrania. La explicación que encuentran es incómoda: propaganda rusa. Y la cifra que les deja helados es la de RT en Español, con cerca de
18 millones de suscriptores en Facebook, casi el doble que la edición inglesa del mismo canal. La prensa rusa recogió el hallazgo alemán con indisimulada satisfacción, porque confirma que la batalla del relato no se está ganando en el idioma de Shakespeare.
Por qué la FAZ culpa a la propaganda rusa
El diario alemán, influyente dentro y fuera de sus fronteras, atribuye la falta de sintonía de la región con Occidente al éxito de los medios rusos. El relato sostiene que RT no necesitó grandes artificios: emitió entrevistas, documentales y series, y sobre todo ofreció una imagen del mundo más amplia que la de las corporaciones anglosajonas. En Europa, en cambio, se prohibió su emisión y el trabajo de sus periodistas, mientras en
América Latina la pugna mediática se dirime por número de visitas y suscripciones. La conclusión alemana es que las cifras confirman una penetración que Occidente no supo contrarrestar con argumentos.
Con ese punto de partida, la noticia circula por dos vías: la del alemán que descubre el fenómeno y la del medio ruso que lo replica encantado. Ambas coinciden en lo esencial, que Rusia despliega recursos para ganarse simpatías en el continente.
¿Propaganda eficaz o doscientos años de agravios?
El diagnóstico alemán choca con la lectura que se hace desde el otro lado del Atlántico. Los argumentos se acumulan: golpes de estado, invasiones, apoyo a regímenes corruptos y un trato de patio trasero durante dos siglos han dejado un poso que ningún noticiero borra de un día para otro. Se sostiene que la gente no es tonta y que simplemente busca versiones distintas a las de los medios que antes le contaron otras historias.
Frente a eso, la tesis contraria apunta al victimismo como coartada permanente: culpar a Washington de todo lo que no funciona en casa. La formulación más repetida es que una parte de la región repite sin fin la cantinela de que le robaron el oro. En medio de ambas posturas asoma un dato incómodo para todos: hay países que tuvieron todas las condiciones para ser otra cosa y hoy siguen quebrados.
Escuchar al otro bando no es creerlo
Otra corriente del análisis descarta que consumir propaganda ajena sea señal de estupidez. Lo sería, dicen, creérsela a pies juntillas solo porque representa la disidencia frente al relato oficial. Contrastar lo que cuenta un bando con lo que cuenta el contrario es, en teoría, periodismo básico. Y en una Europa que censura emisiones y limita el trabajo de ciertos medios,
el interés por lo prohibido crece en proporción inversa a la cobertura oficial.
Ahí enlaza el asunto con una queja de fondo: el paisaje periodístico continental y su nivel de credibilidad. Cuando varios medios de referencia coinciden titulares y luego se corrigen a sí mismos sin consecuencias, el espectador aprende a buscar fuera de esa burbuja. La conclusión de este grupo es incómoda: no se trata de que ganen los rusos, sino de que los demás pierden credibilidad.
La excepción que incomoda a los dos bandos
El contraejemplo que circula en esta conversación es Costa Rica, presentada como la democracia más estable de la región y el país del que apenas se habla cuando se enumeran los fracasos. Su peculiaridad, no tener fuerzas armadas, se lee de dos maneras opuestas. Unos la ven como el espejo en el que el resto no quiere mirarse; otros la despachan como un protectorado sin soberanía real, lleno de bases extranjeras.
Ninguna de las dos lecturas se sostiene sin matices, pero ambas revelan dónde está la grieta: si el atraso se explica por el saqueo externo o por la incompetencia propia. No es un debate nuevo, pero el dato de los suscriptores lo ha vuelto a poner sobre la mesa.
El canal internacional que España nunca abrió
Lo que casi nadie discute es que Rusia juega y España no. Según se apunta en el debate, rusos, chinos, iraníes, turcos, japoneses y coreanos mantienen medios internacionales en varios idiomas para promocionarse. España, según ese mismo repaso, ninguno. La consecuencia, sostienen quienes plantean esa tesis, es que
la narrativa antiespañola, la vieja leyenda negra, campa a sus anchas sin respuesta institucional.
El argumento que se repite es que si existe ese relato no es por culpa de Moscú, sino porque las élites y los gobiernos españoles llevan siglos mirando hacia otro lado mientras otros ocupan el espacio. La propaganda ajena es interesada y evidente, pero el error propio es no combatirla. Quien no aparece en el mapa mediático, sencillamente no existe.
Quién paga la factura de la batalla de los relatos
En el fondo late una pregunta que nadie responde: si las potencias invierten millones en ganarse simpatías, ¿qué hace España con su esfera natural? La ausencia de una estrategia de comunicación propia se traduce, para los participantes en el debate, en que el relato lo escriben otros. No es un asunto menor: en un continente donde buena parte de la conversación pública pasa por redes sociales, la presencia mediática es influencia, y la influencia acaba pesando en las urnas y en los acuerdos comerciales.
Por eso el debate se divide entre quienes ven en el éxito de RT una simple operación del Kremlin y quienes lo interpretan como el síntoma de un vacío que nadie ha sabido llenar. Ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.
Al final, la cifra que resume el asunto no es la de los 18 millones de seguidores de RT, sino la de grandes canales internacionales que, según el repaso que se hace en el debate, España mantiene en otros idiomas. Cero. El marcador se lee solo.