Los 60.000 que se fueron de Ceuta y la lógica de la paciencia
En plena crisis de Ceuta, 60.000 personas decidieron subir a los vehículos de vuelta a Marruecos por su propio pie. No hubo expulsión que lo explicara: fue una decisión. Pero desde el otro lado de la valla, la lectura ha sido demoledora: si hubieran tenido un poco más de aguante, el sistema saturado les habría dado un respaldo que hoy no tienen. La cifra circula como un ajuste de cuentas con la política migratoria.
La cifra y sus interpretaciones
Los 60.000 retornos no son un dato administrativo cualquiera: son la prueba, para unos, de que la expulsión no hace falta cuando el propio desgaste empuja a la gente a marcharse. Para otros, la cifra esconde un fracaso colectivo: personas que preferirían haberse quedado fueron orientadas hacia la salida con la promesa de que no habría otra oportunidad. Quienes dudan de la cifra recuerdan que de poco sirve contabilizar quimeras: habría que ver los que realmente llegaron a pisar suelo español.
La política del regreso
La visita del líder del PP a Ceuta para cerrar el asunto añadió leña al fuego. La administración central y la autonómica se cruzaron reproches; los nombres de los ministros de Interior y Defensa aparecieron en la discusión como responsables de la gestión. En el fondo, el debate sobre los 60.000 es una pelea por quién tiene la única solución. Pero nadie explica por qué una persona que ha cruzado la valla, ya en suelo español, decide voluntariamente volver a Marruecos. Ese es el dato que nadie quiere mirar: quizá la paciencia no era la variable decisiva, sino la certeza de que el asilo no llegaría jamás.
La cuestión sigue abierta: mientras se discute si fueron tontos, los cruces continúan. Y la valla sigue en el mismo sitio.