Cien euros para resucitar un portátil de seis años
Un Dell Inspiron 6000 acumula seis años de uso, una batería que no llega a la hora y un disco duro que amenaza con llevarse los datos por delante. En lugar de pasar por caja para estrenar equipo, la decisión es invertir unos
100 euros en reanimarlo: 40 en un disco, 40 en un procesador más rápido y 20 en ampliar la memoria. La pregunta que abre el asunto —si es una estupidez gastar eso en una máquina de seis años— es la misma que separa a quien mira la cartera de quien mira el contenedor de basura electrónica.
Cuánto cuesta estirar un portátil viejo
El desglose es simple. El disco original está en las últimas y el miedo a perder los datos empuja la compra: un
Samsung IDE de 160 GB por unos 40 euros, con un solo plato, lo que lo hace rápido, silencioso y frío. El procesador vive en un socket 479 y admite Pentium M de todas las frecuencias, así que pasar de
1,86 GHz a 2,23 GHz cuesta otros 40. La memoria, de 768 MB a 2 GB, se lleva 20 más. Suma total: 100 euros.
La batería queda fuera por voluntad propia, porque el equipo vive enchufado. Y el razonamiento no es solo económico: para correo, navegar y ver algún vídeo, la máquina sigue rindiendo sin despeinarse. Es ahí donde nace la duda de fondo: cambiar por cambiar, o estirar hasta que reviente.
¿Merece la pena frente a un portátil de segunda mano?
Aquí empieza la pelea. Frente a los 100 euros de ampliación, hay quien sostiene que por
150 o 200 euros se encuentra un portátil de segunda mano algo mejor y con seis meses de garantía, y que meter dinero en un aparato sin batería es tirarlo. En contra pesa el argumento de que un portátil recién comprado también es difícil que aguante seis años, y de que mucha gente no cambia de equipo hasta que se le muere la placa.
Hay una tercera postura, más tibia: cambiar el disco o ampliar la memoria, sí; tocar el procesador, ya no. Las alternativas de estreno tampoco convencen a todos: hay quien propone una tablet por poco más de cien euros para navegar y correo.
El argumento que no sale en la calculadora
Debajo del cálculo late una tesis mayor: la de que buena parte del consumo tecnológico responde a una obsolescencia más fabricada que real. Un equipo que solo se usa para conectarse dura mucho, y tirarlo antes de tiempo convierte cada renovación en un episodio de basura electrónica. Ya nadie amplía, nadie repara, y la cosa sale barata a costa de plásticos y residuos que no se reciclan.
El contraargumento tiene su peso: los portátiles son menos ampliables que un sobremesa, se calientan más por falta de espacio y envejecen más rápido. El mantenimiento, además, exige conocimientos y herramientas que a veces valen más que la pieza que se quiere salvar. La propia masa de equipos desechados es otra veta: de tres o cuatro torres recogidas se montaba un ordenador muy decente.
Limpiar, engrasar y tirar de Linux ligero
La letra pequeña de estos apaños importa. Antes de cambiar procesador se propone overclocking y, sobre todo, una limpieza a fondo con cambio de pasta térmica. Para estirar un equipo con poca memoria, un escritorio ligero —LXDE, JWM— o distribuciones como Linux Mint liberan margen sin gastar un euro. Incluso se defiende un
Windows 2000 para hardware muy justo, con el aviso de que los navegadores modernos empiezan a no arrancar.
La lista de veteranos que siguen en pie es larga: un Airis de ocho años como equipo auxiliar, portátiles reparados a mano cuyos cables de pantalla se rehicieron con una faja IDE. La afición por alargar la vida de lo viejo tiene hasta sus excentricidades de alto copete: según se cuenta, hay escritores de superventas que siguen tecleando en un procesador de textos de los años ochenta.
Del módem de 33,6 kbps al servidor web en un Commodore
La nostalgia tecnológica tiene su propia escala. Hay quien presume de seguir con un módem de 33,6 kbps que hace ruiditos al conectar. Existe además una afición capaz de instalar pilas TCP/IP y navegadores rudimentarios en un Commodore 64 para convertirlo en servidor casero. Cuando el listón se pone ahí, cualquier portátil de seis años parece recién sacado de fábrica.
El disco que tardó casi tres meses
El cierre del caso tiene fecha. El disco se pidió el
30 de septiembre y no llegó hasta el
22 de diciembre. Una vez montado, cumple lo prometido: no se oye y rinde. El equipo quedó con
Mandriva 2011, KDE 4 sin efectos de escritorio —usar ciclos de CPU para ver las ventanas moverse como flanes no encaja con el ahorro— y la esperanza de que aguante hasta que los portátiles los regalen en la tapa de un yogur.
Ahí se para el cálculo. Nadie ha puesto número al coste de la basura que se evita ni a las horas que cuesta el apaño. Y sin ese número, la pregunta de si sale a cuenta sigue abierta.