El yogur casero no sale más barato que comprarlo
Hacer yogur en casa cuesta entre un 20% y un 50% más que comprar el de marca blanca, según los cálculos que manejan los aficionados al "lonchafinismo". La yogurtera, la leche y la electricidad suman más que el precio de los envases industriales. Pero nadie hace yogur por ahorrar.
La cuenta que nadie quiere hacer
Una yogurtera básica cuesta 23 euros en El Corte Inglés y consume entre 12 y 60 vatios durante horas. Con un litro de leche se obtienen siete yogures. En Eroski, ocho yogures naturales salen por 0,95 euros. La matemática es tozuda: el yogur casero no compite en precio con el industrial. Ni siquiera con el griego de Lidl, a 2,09 euros el kilo.
Métodos low cost: el kefir y el calor residual
El kéfir se lleva la palma: no necesita yogurtera ni electricidad, solo gránulos vivos y paciencia. Pero incluso ahí, el coste de la leche no se recupera. Para los que insisten, el calor residual del horno o un termo con agua caliente permiten hacer yogur sin gastar un vatio extra. El ahorro energético es real, pero la materia prima sigue siendo más cara que la que usa la industria.
Salud, sabor y la falacia del ahorro
La discusión se desplaza entonces al terreno de la calidad. Sin conservantes ni colorantes, el yogur casero gana en sabor. Los defensores del kéfir argumentan mayor riqueza bacteriana y mejor digestión de la lactosa. Pero en el supermercado, un envase de 1,30 euros ofrece lo mismo sin fregar tarritos.
El "lonchafinismo extremo" no es ahorro, es otra cosa. Es la soberanía sobre lo que comes, la nostalgia de un sabor que no imita la industria, el placer de un proceso que la cadena de frío industrial ha mecanizado. ¿Merece la pena pagar más por esa sensación? Cada cual ajusta su cesta.
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