Nueve hombres rejuvenecen 2,5 años su edad epigenética
¿Se puede medir el
envejecimiento con un reloj químico y hacerlo retroceder? Un ensayo clínico publicado en septiembre de 2019 en la revista
Aging Cell sostiene que sí. El estudio, bautizado como TRIIM y firmado por Gregory M. Fahy, Robert T. Brooke, Steve Horvath y otros investigadores, aplicó durante un año un protocolo con hormona del crecimiento, metformina y un tercer fármaco para la diabetes a
nueve hombres sanos de entre 51 y 65 años. El objetivo declarado no era frenar el envejecimiento, sino regenerar el timo. Los resultados, según los autores, fueron otro: cuatro relojes epigenéticos distintos detectaron una reversión media de la edad biológica de
unos 2,5 años.
La muestra es minúscula. Dos cohortes, siete hombres primero y tres después, reclutados por anuncios y sin grupo de control. Los propios autores reconocen al final del texto que varios investigadores tienen conflictos de interés. Con esas cartas, el hallazgo es sugestivo, no concluyente.
Qué mide exactamente el estudio TRIIM
El ensayo no mide arrugas ni canas. Mide
relojes epigenéticos: estimadores basados en patrones de metilación del ADN que asignan una edad biológica a las células. Cuatro de ellos coincidieron en que la edad epigenética de los participantes bajó tras doce meses de tratamiento. La media del cambio fue de aproximadamente 2,5 años.
El efecto, según el texto, no dependía de la edad de inicio ni de la edad epigenética basal. Los autores lo describen como «evidencia robusta» de que la regresión de múltiples biomarcadores del envejecimiento es posible en humanos. También detectaron cambios inmunológicos: descenso de monocitos totales y de monocitos CD38+, y aumento de la ratio linfocitos/monocitos. La correlación entre la reversión y esa reducción de monocitos CD38+ fue estadísticamente significativa.
El protocolo buscaba regenerar el timo, un órgano que se atrofia con la edad. La hormona del crecimiento ya había mostrado esa capacidad en ratas y perros, según la revisión que acompaña al ensayo. La sorpresa fue encontrar, de paso, señales de reversión en otros marcadores.
Hormona del crecimiento, metformina y un tercer fármaco
El cóctel combina tres piezas. La
hormona del crecimiento estimula la regeneración del timo. La
metformina, un antidiabético clásico, mejora la sensibilidad a la insulina y reduce la glucosa en sangre. El tercer fármaco, también para la diabetes, completa el esquema.
La metformina es barata y accesible. Se vende en farmacia por unos dos euros el paquete, aunque requiere receta. Sus efectos secundarios son conocidos y no triviales: diarrea, hinchazón, dolor de estómago, flatulencia, sabor metálico, dolor de cabeza. La FDA los recoge. Quien piense en automedicarse con ella debería leer esa lista antes.
La hormona del crecimiento es otra cosa. Es cara, inyectable y su uso fuera de indicación tiene riesgos. En el circuito del culturismo circulan alternativas más baratas, como el MK-677, un agonista de la grelina que estimula la producción endógena de hormona del crecimiento. Provoca un hambre feroz, hasta el punto de impedir dormir si se toma por la noche. No está aprobado para uso humano.
Ayuno intermitente: el atajo que no necesita receta
Si el mecanismo pasa por bajar la insulina y subir la hormona del crecimiento, hay una vía gratuita. El
ayuno intermitente reduce los niveles de insulina en sangre, sobre todo a partir de las dieciséis horas, y eleva la hormona del crecimiento. Eso facilita quemar grasa y, según la literatura divulgativa, mejora el sistema inmunitario y regenera articulaciones.
Recortar hidratos refinados y acercarse a una dieta cetogénica apunta al mismo objetivo por otra puerta. La pregunta incómoda es económica: ¿qué es mejor para la industria, recomendar ayunos o recetar pastillas? La metformina cuesta céntimos, pero el resto del protocolo no.
Hay un matiz que conviene no perder. El ayuno y las dietas bajas en hidratos también tienen costes: pueden debilitar el pelo y, mal planteados, envejecer en lugar de rejuvenecer. No hay comida gratis, ni siquiera cuando se deja de comer.
Los límites: muestra pequeña, sin control y con conflictos
El estudio tiene nueve participantes. No hay grupo de control. La probabilidad de que parte del resultado se deba al azar es alta. Los propios autores piden replicación con muestras mayores. Varios investigadores declaran conflictos de interés al final del paper.
Nada de esto convierte el ensayo en una chapuza. Es lo normal en fase temprana: se prueba con pocos sujetos y, si promete, se invierte en estudios mejores. Pero conviene no confundir una señal con una conclusión.
¿Y si funciona? El precio lo decide el mercado. La hormona del crecimiento no es barata. La metformina sí. Un tratamiento combinado durante años estaría al alcance de quien pueda pagarlo, no de cualquiera. La longevidad, como casi todo, tiene factura.
El escepticismo razonable
Dos años y medio de reversión epigenética no se ven en el espejo. Una persona con dos años más o menos está prácticamente igual por fuera. Se puede «rejuvenecer» más haciendo ejercicio, durmiendo bien y comiendo decente. La diferencia es que eso no vende titulares.
El anuncio tiene la misma pinta que los planetas habitables a los que nunca llegaremos. Es prometedor, es real en el laboratorio, y está lejos de cambiar la vida de nadie. Cuando el rejuvenecimiento se mida en lustros y no en meses, la conversación será otra.
Mientras tanto, el negocio ya está montado. Hay clínicas, suplementos y protocolos que prometen lo que el paper solo insinúa. La ciencia avanza despacio. El marketing, no.