Cuando la conversación se reduce a cotilleo y Netflix: el diagnóstico de una sociedad zombie
«La gente está en la mierda mentalmente. Muerta. Rematada». La frase escuece, pero detrás de la bronca hay un análisis que merece la pena. En grupos de amigos, las charlas giran en torno a lo último de Twitter, series de Netflix o cotilleos. Nadie dice nada malo de nada: hay una obligación tácita de que todo parezca bien. Y quien se sale del guión, quien manifiesta desinterés, es visto como un ofensor.
Este fenómeno, que algunos llaman «efecto NPC», no es nuevo pero se ha intensificado. Se observa sobre todo en jóvenes, aunque también alcanza a mayores de 30 y 40. Se prima la corrección, la emoción impostada, el no destacar. El miedo al fracaso y al qué dirán ha sustituido al espíritu crítico. Un profesor que pidió leer cuatro libros hace más de dos décadas provocó un motín en clase: los alumnos exigieron su cabeza por «osar» obligarles a leer. Aquello era el preludio.
El manual de instrucciones perdido
No saber seguir un plano, desconocer dónde está el este, no manejar un calibre ni un transportador de ángulos: la lista de habilidades básicas que se han evaporado es larga. «Ni saben correr ni hacer volteretas», se lamenta un comentario. La gente puede estar cuarenta minutos comentando una anécdota, pero el silencio se ha vuelto incómodo, casi facha. La prisa atormenta, el tiempo se escurre. La metáfora de las babosas de Futurama —esos pegotes de plastilina que se adhieren y chupan energía— sirve para describir a quienes funcionan en piloto automático, sin cuestionar, sin profundizar.
El hiperindividualismo y la sumisión laboral
En el ámbito laboral, la única rebeldía visible es pedir bajas largas por depresión. Por lo demás, sumisión. Un trabajador despedido con solo 20 días de indemnización aceptó sin rechistar porque le dijeron que así podría volver en el futuro. No hay pensamiento crítico, no hay reclamación. Y en las empresas, metodologías como Scrum se aplican con calzador, generando reuniones interminables que matan la productividad real. Como apunta algún análisis, «la gente se vincula emocionalmente con sus procesos y herramientas hasta creer que están diseñadas para ellos».
El miedo a disentir, la nueva corrección política
Existe una regla no escrita: no se puede decir que algo no interesa o no gusta. Decir «no me gusta esa serie» se interpreta como una ofensa. Los contertulios se ruborizan y se generan conflictos. Es la dictadura del entusiasmo obligatorio. Como señala alguien, «madurar implica darse cuenta de que la mayoría de la gente tiene suficiente con distraerse con chorradas hasta la muerte». Y la aspiración última es tener hijos para que repitan el ciclo.
¿Es posible salir de ahí? Un participante recuerda a Platón, que sostenía el deber de violentar a los que están en la caverna para sacarlos; Nietzsche, en cambio, decía que cada palo aguante su vela. La discusión queda abierta, pero el diagnóstico está sobre la mesa: una sociedad que ha cambiado sus valores por miedo al fracaso y que camina hacia un futuro donde el pensamiento crítico escasea. ¿La babosa más grande? Quizá la que llevamos todos sin saberlo.