El voto comunista en España: un fenómeno sin parangón en Europa
El apoyo electoral a partidos que se declaran comunistas o marxistas alcanza en España cifras que no se registran en ningún otro país desarrollado. Mientras en Grecia y Portugal no superan el 10%, en Andalucía rozan el 16% y en el País Vasco se disparan al 33%, con un 40% en Guipúzcoa. Solo Chipre, con menos de un millón de habitantes, se acerca, pero sin alcanzar esas cotas.
¿Por qué España es una anomalía?
El dato es incómodo y los análisis, escasos. En los países que sufrieron el comunismo real durante medio siglo, el rechazo es casi unánime. Aquí, sin embargo, la memoria histórica es otra: la dictadura franquista asoció el comunismo al enemigo exterior, pero la transición y la despolitización forzada durante cuarenta años dejaron un caldo de cultivo propicio. Como señala una corriente de opinión, "la mitad de Europa sufrió el comunismo y no lo quiere ver ni en pintura"; España no tuvo esa experiencia directa y, por tanto, carece de la inmunidad adquirida.
Otra línea argumental apunta a un sustrato cultural: la tradición católica española, con su énfasis en la comunidad y la caridad, habría allanado el terreno para el colectivismo. “El cristianismo es marxismo”, llegó a escribirse, aunque la mayoría de participantes matiza que el cristianismo primitivo practicaba una solidaridad comunitaria muy alejada del comunismo moderno. Sin embargo, queda la sospecha de que el "grupalismo" hispano, esa tendencia a buscar la salvación en el grupo, facilita el calado de las ideologías igualitaristas.
Los datos por regiones
El foco se centra en Andalucía y el País Vasco, donde los partidos explícitamente comunistas (más allá de la izquierda convencional) obtienen resultados que no se ven ni en Francia ni en Italia. En las provincias vascas, el voto abertzale de raíz marxista-leninista se entremezcla con el nacionalismo, elevando el porcentaje a niveles de otro tiempo. Mientras, en el sur, el PSOE —heredero de una tradición socialdemócrata pero con un ala claramente marxista— mantiene un suelo electoral que sorprende incluso a sus críticos: en las últimas elecciones subió 100.000 votos en Andalucía, en el peor momento posible.
La pregunta que nadie responde del todo es por qué la izquierda radical española no se hunde como en otros países europeos, pese a la inflación, la crisis de vivienda y los escándalos de corrupción. Algunos apuntan a que los votantes "rojos" tienen una fidelidad casi tribal; otros, a que la derecha no ha sabido capitalizar el descontento.
El debate subyacente: ¿comunismo o socialismo de Estado?
No todos los participantes aceptan la etiqueta de "comunista" para partidos como Bildu o ERC, a los que se acusa de ser "extrema derecha en muchos planteamientos". La confusión terminológica es parte del problema: en España, la palabra "comunista" se usa tanto para describir a partidos estalinistas como a formaciones que solo defienden un mayor intervencionismo estatal. Esta ambigüedad explicaría por qué el voto a la izquierda radical se mantiene alto sin que la ciudadanía asocie esos partidos con las experiencias de Europa del Este.
El dato que nadie acaba de explicar es por qué, en un país que no tuvo comunismo real, la demanda de políticas colectivistas sigue siendo tan alta. La respuesta no está en los sondeos, sino en la historia y en la cultura política de cada región.
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