Ceuta, Elbichito y el doble rasero de la autoridad
Mientras el Ejército de Tierra controlaba los paseos de los perros durante el confinamiento, la frontera de Ceuta se abría a miles de migrantes sin que la Guardia Civil interviniera. La paradoja no es nueva, pero la oleada turística de mayo de 2021 la puso en carne viva: el Estado que desplegó fusiles para supervisar a ciudadanos con mascotas se mostró permisivo cuando oleadas humanas cruzaron la valla.
Los testimonios recogidos reflejan la frustración de conductores que fueron parados por 30 guardias con metralletas en Somosierra la noche del 21 de junio de 2020, cuando se abrieron las fronteras interiores. «Te inspeccionaban el coche como si fueras un delincuente», mientras que «llega una tropa de personas migrantes ilegales y les dejan pasar mirando para otro lado». El contraste alimenta la teoría de que el relato oficial prioriza la imagen ante la opinión pública internacional sobre el control efectivo de las fronteras.
La pregunta que sobrevuela es si el despliegue militar de la esa época en el 2020 de la que yo le hablo fue una medida sanitaria o un ensayo de control social que ahora se revela selectivo. Los datos disponibles apuntan a una asimetría difícil de justificar.