Jubilados que echan de menos el trabajo: un fenómeno con nombre de síndrome
¿Cómo puede alguien echar de menos madrugar, el jefe o la máquina de café? La respuesta, a la vista de los testimonios que circulan entre trabajadores y empresas, es que para muchas personas el empleo no es solo un medio de vida: es una identidad, una adicción y, en no pocos casos, la excusa perfecta para salir de casa. El recién jubilado que «no sabe estar parado» no es una anécdota: es un problema económico y sanitario que las políticas de retiro activo apenas empiezan a rozar.
El síndrome del ceroeurista
El ejemplo más extremo es el del trabajador que se reengancha sin cobrar. Un testimonio recogido en el ámbito laboral describe a un compañero que volverá a la faena el año que viene: ocho horas diarias por cero euros al mes. El aliciente, según se cuenta, es la subida del 4% de la pensión o un pago en mano de 12.000 euros; no ha aclarado cuál elegirá. Así nace el término «ceroeurista»: el profesional que convierte el trabajo en una especie de voluntariado para no perder la rutina.
Esta conducta no es tan rara como suena. La adicción al trabajo se ha comparado con una droga: el cortisol y la adrenalina de la supervivencia diaria acaban siendo necesarios para mantener la estabilidad emocional. Quien ha vivido décadas en alerta no sabe gestionar la calma. Hay incluso quien sostiene que la jubilación puede ser letal para ciertos perfiles, y no faltan referencias a depresiones severas tras el cese.
La casa, la pareja y el vacío
Otra corriente apunta a un detalle incómodo: muchos no quieren quedarse en casa porque no soportan la convivencia a tiempo completo. Después de 40 años de jornadas laborales, la pareja se ha convertido en una compañera de piso con la que no se ha compartido tanto. La jubilación fuerza un cara a cara de 24 horas para el que no hay entrenamiento posible. Algunos lo resuelven alargando la vida laboral, incluso gratis, antes que afrontar el salón en silencio o los recados de la plaza.
Y luego está la falta de vida propia. Las aficiones, los amigos, los proyectos personales: todo se ha pospuesto al «cuando me jubile». Cuando llega el momento, no hay nada. La analogía con el preso que sale en libertad y sigue dando vueltas por una celda que ya no existe es repetida: la institución ya no está, pero su lógica permanece.
¿Salida institucional o problema de fondo?
Ante este panorama, la jubilación flexible se plantea como una válvula de escape. Pero los críticos advierten de que solo aplaza el problema: si la identidad del trabajador no se ha construido fuera de la oficina, más trabajo no arregla nada, solo alimenta la dependencia. Lo que tocaría hacer es exactamente lo que no se enseñó: construir una vida con rutinas, proyectos y vínculos que no dependan del alta laboral.
Mientras tanto, hay quien cuenta los días para colgar las botas y quien cuenta las horas para volver a ponérselas. La jubilación, en fin, no es para todos un premio; para algunos es una condena con pensión. Ahí queda el dato del ceroeurista: capaz de regalar ocho horas al día con tal de no encontrarse consigo mismo.