El robot doméstico Unitree G1 se vende por 15.000 euros
¿Merece la pena pagar 15.000 euros por un robot que todavía no frega los platos? Ese es el nudo de la discusión que ha levantado la puesta a la venta del Unitree G1, un androide bípedo que, según los participantes, promete asumir las tareas del hogar. El precio de salida que se maneja en la conversación es de
15.000 euros, aunque un mensaje posterior corrige y habla de
24.900 euros en tienda. La horquilla importa: en el mismo intercambio se citan robots sexuales de silicona por
3.000 a 5.000 euros y una asistenta interna por
1.400 euros.
El entusiasmo inicial se topa enseguida con la realidad física del cacharro. Mide poco, no llega a las alacenas y probablemente tampoco a la vitrocerámica. Su desarrollo motriz es pobre, con unos pies que parecen pezuñas y una marcha que recuerda a la de alguien escocido. La promesa de que hace todas las tareas del hogar sin dificultad se apoya en vídeos promocionales que una parte de la conversación considera directamente falsos.
Qué hace de verdad el Unitree G1 y qué promete
El robot se presenta como una máquina capaz de hacer el desayuno, la comida y la cena, y de recoger la cocina después. Ese es el listón que pone quien defiende la compra: no hace falta un ingenio que prepare mil burritos por hora, basta con uno que cocine cuando llega la hora de cenar. La tesis es que el salto ya está dado y que la popularización es cuestión de tiempo, igual que pasó con el automóvil.
El escepticismo no tarda en aparecer. Los pies son el punto débil más señalado: el desarrollo motriz es tan limitado que el robot parece ir escocido al caminar. La cabeza hueca, dicen, no augura gran capacidad de aprendizaje. Y el gesto de levantar la manaza para saludar se interpreta más como una amenaza mecánica que como una cortesía.
Hay quien recuerda que la robótica humanoide lleva décadas dando vueltas sin llegar a nada. El ejemplo que se cita es
Asimo, presentado en sociedad hace veinticinco años y todavía hoy motivo de burla para quien esperaba ver androides funcionales en los hogares. La conclusión de esa corriente es que el Unitree G1 es un juguete caro de plástico y servomotores, no un robot industrial.
Cuánto cuesta amortizar un robot frente a una asistenta
El cálculo económico es el argumento más repetido. Una asistenta interna cuesta alrededor de
1.400 euros al mes; una hora de trabajo doméstico se paga a unos
20 euros, a menudo en negro. Si el robot trabaja dos horas al día, seis días a la semana, cincuenta semanas al año, el ahorro anual frente a una empleada doméstica ronda los
12.000 euros. Descontando unos
500 euros anuales de consumo eléctrico e imprevistos, la inversión se amortizaría en unos tres años.
El desglose completo, con todas las partidas, arroja una diferencia que sorprende a quien lo lee por primera vez. Pero el cálculo descansa en un supuesto frágil: que el robot haga las mismas tareas que una persona. Y ahí es donde la conversación se atasca.
El precio real es otro frente abierto. Frente a los
15.000 euros que se citan de salida, hay quien encuentra el mismo producto por
24.900 euros en tienda, y quien recuerda que en plataformas de comercio electrónico el precio se reduce a la mitad con cupones. La confusión sobre la cifra real es, en sí misma, un síntoma del momento del mercado.
Los riesgos que nadie quiere asumir
La desconfianza no es solo técnica. Un robot conectado que opera en el hogar es un dispositivo hackeable, y la conversación no tarda en imaginar el escenario: alguien accede al sistema y el aparato se vuelve contra su dueño mientras duerme. La broma recurrente es que el Mossad se equivoque de IMEI y el cacharro explote en la cara del comprador.
También aparece el miedo al desempleo doméstico. Si el robot hace el trabajo, las asistentas que hoy se ganan la vida limpiando casas tendrán que buscarse otra cosa. La respuesta cínica que circula es que acabarán enseñando carnes en las rotondas. Es una salida de tono, pero refleja una ansiedad real sobre el impacto laboral de la automatización del hogar.
Y está la cuestión de la calidez. Un robot no se queja, no roba y no se pone mala, pero tampoco tiene hijos en Perú de los que hablar ni se puede extorsionar con la amenaza de no pagarle. La comparación con la empleada doméstica tradicional no es solo económica: es afectiva, y ahí el androide pierde por goleada.
El momento de la historia que no cuadra
La paradoja que sobrevuela toda la conversación es temporal. Mientras el discurso público habla de inteligencia artificial, de robots domésticos y de un futuro a diez años vista, la realidad cotidiana sigue anclada en los problemas de siempre: precariedad, alquileres inasumibles, jóvenes que no pueden independizarse. La tecnología de consumo avanza a un ritmo y la vida material a otro.
El Unitree G1 es, en ese sentido, un objeto perfecto para medir la distancia entre el relato y el bolsillo. Cuesta menos que un coche nuevo, sí, pero más que un año de asistenta. Hace el desayuno en los vídeos, pero probablemente no llegue a la encimera. Y promete liberar tiempo, aunque nadie sabe todavía para qué.
La robótica doméstica lleva veinticinco años anunciándose y veinticinco años llegando tarde. Que ahora se pueda comprar por 15.000 euros no significa que esté resuelta. Significa, como mucho, que ya se puede pagar la promesa.