En directo desde Donetsk, entre explosiones
Se oyen explosiones a lo lejos. Una periodista española retransmite
en directo desde Donetsk con el frente como banda sonora, y en cuestión de horas la emisión deja de ser una crónica de guerra para convertirse en otro campo de batalla: el de la opinión pública. El ruido de fondo es literal. El de arriba, también.
En ese mismo directo,
la periodista habría asegurado que una parte de la audiencia ucraniana la ha amenazado por su cobertura, con mensajes difundidos por redes. Es su versión, puesta encima de la mesa en antena, y no consta verificada por nadie más. A partir de ahí, la conversación se parte en dos aguas y no hay manera de cerrarla.
Las amenazas que ella dice haber recibido
El relato es contundente y, a la vez, difícil de comprobar con lo que hay sobre la mesa. Según lo que ella misma contó en un directo anterior, un sector de usuarios le habría lanzado amenazas de carácter sexual y violento, del tipo que no tiene sentido reproducir aquí. Lo dijo, se difundió, y el foco pasó de los bombardeos a los mensajes.
Hay quien sostiene que en un país en guerra cualquier cosa es posible, y que lo ocurrido confirma hasta dónde llega la tensión. Enfrente se coloca otra lectura: la de que
puede estar exagerando justamente para presionar a quienes la critican. Que una afirmación así no venga acompañada de más pruebas es lo que alimenta la duda.
Y ahí está el primer nudo del asunto: lo que se discute no son los hechos, es la credibilidad de quien los cuenta. Un debate que, en plena guerra, casi nunca se resuelve.
¿Por qué una crónica desde Donetsk levanta tanta suspicacia?
Porque en una guerra no hay relato neutral que contente a todos. Quien informa desde el lado ruso es señalado como propagandista; quien informa desde el ucraniano, como portavoz de la OTAN. La sospecha no recae en lo que se cuenta, sino en desde dónde se cuenta. Y eso, en un conflicto donde las dos partes usan la información como arma, es una trampa de la que resulta difícil salir.
Una periodista en el terreno cuenta lo que ve, pero lo que ve está condicionado por dónde está. Ese es el problema de fondo que ninguna de las dos audiencias está dispuesta a reconocer.
Dos relatos, un mismo frente
La queja de fondo se repite en ambos lados: el filtro. En España, se argumenta, los medios venden las bondades de Ucrania; este tipo de directos vende las de Rusia. El diagnóstico es idéntico aunque el color cambie, y tiene su parte de verdad incómoda:
ninguno de los dos relatos cuenta la guerra con todos sus capítulos.
De ahí sale una idea que gana peso en cuanto se rasca un poco: la de que conviene tener a mano las dos versiones, debidamente identificadas, para no confundir verdad con ideología. Es la postura menos ruidosa y, curiosamente, la que menos titulares produce.
Ocho años de Donbás en el retrovisor
Buena parte de la discusión se ancla en una fecha:
2014. Hasta entonces, se sostiene, Ucrania vivía una etapa estable bajo influencia rusa, y fue a partir de ahí cuando empezó otra cosa. Desde esa óptica, el conflicto del este no arranca con la invasión, sino que arrastra
ocho años de bombardeos sobre el Donbás.
La réplica llega por el otro flanco: mirar a los vecinos que se fueron integrando en la Unión Europea y compararlos con la órbita rusa. Cada cual elige el espejo que le conviene, y el resultado es una pelea sobre el pasado que no cambia el presente de Donetsk.
El recibimiento: admiración, desconfianza y hostilidad
El eco de otro periodista español planea sobre toda la conversación. Cada uno tiene su público y cada uno recibe su factura. A esta periodista hay quien le reconoce el valor de plantarse en una zona en guerra cuando otros opinan desde el sofá; hay quien le exige las cuentas de quién le paga el viaje. La sospecha de que detrás de cada directo hay un patrocinador interesado no se suelta.
Entre medias, una corriente más incómoda mezcla el morbo con el ajuste de cuentas: la idea de que quien va a un avispero se expone a que le piquen y luego no puede quejarse. Es una forma vieja de culpar a quien sufre lo que le pase, y en este caso ni siquiera está claro que haya pasado algo. Pero se dice, y se dice alto. Sobre esa mezcla se sostiene buena parte del ruido.
Qué queda cuando baja el ruido
Los hay que celebran que exista alguien dispuesto a emitir desde el terreno sin el filtro de las grandes cadenas, y los hay que ven en cada directo desde zona de guerra una operación de propaganda con cámara al hombro. En medio, una periodista rusa que protestó contra la guerra fue multada con
250 euros, según los datos que se manejan en la propia conversación.
En un lado, protestar cuesta una multa. En el otro, retransmitir desde una ciudad bombardeada te llueve, dice ella, una amenaza. La cuenta no sale igual para nadie, y ese es probablemente el dato que el ruido de fondo deja más claro.