LinkedIn: todos son líderes, casi nadie encuentra trabajo
Más de una década vendiendo la misma promesa: la red donde el talento y la oferta de
empleo se encuentran. Lo que cuentan quienes la usan a diario se parece bastante menos a un mercado laboral y bastante más a un escaparate. Un forero automatizó su currículum con un script y lanzó
200 candidaturas del tirón; un mes después seguía recibiendo mensajes de reclutadores pidiendo entrevistas. Otro participante se dio de baja hace casi un año: jamás encontró un trabajo, aunque sí un curso que le enviaron por privado. Los relatos llegan de sectores muy distintos.
La tesis de las ofertas ya cubiertas por dentro
Un forero sostiene que hasta el
95% de los puestos reales se cubren por vía interna o por promoción, y que las publicaciones responden a una política de empresa, no a una necesidad de contratación. Quien piense que estas plataformas sirven para colocar a gente de forma generalizada, dice ese análisis, se equivoca. La consecuencia sería una bolsa enorme de candidatos que invierte horas en formularios para un puesto que nunca estuvo libre. Un participante resume así la oferta estándar: carrera o FP, máster, inglés, otro idioma valorable, paquete informático, carné de conducir, experiencia… y encima
liderazgo, compromiso, energía positiva y buen ambiente. Todo eso a cambio de un sueldo según convenio. El remate del ejemplo:
349 inscritos.
La impresión de que quien decide no tiene perfil
La impresión más extendida entre los participantes es que quien manda no está en la red. Los cargos intermedios y los altos, cuando aparecen, lo hacen en formato conferencia. Un forero relata el caso de un antiguo jefe suyo que se presenta como experto en liderazgo y que, según su versión, en tres años dejó la plantilla al
60%, con problemas por todas partes. Otro testimonio describe una empresa que se vende como puntera en informática donde el
80% de la plantilla dedicaba el 99% de su tiempo a publicar contenido técnico que, según el relato, no dominaba. Los dos o tres perfiles que sí trabajaban salían huyendo a los seis meses. El postureo, en ese contexto, sería según estos relatos la descripción del puesto.
Recursos Humanos como filtro y como cuello de botella
Aquí aparece el episodio más kafkiano. Un ingeniero con experiencia muy concreta en maquinaria, localizado en la propia red, supera la criba técnica en tres preguntas, se ve con el gerente y recibe el visto bueno. El departamento de personal se rebota porque no ha participado en el proceso, monta un correo con
72 personas en copia y exige que no se salte el circuito interno. El candidato idóneo que no pasó por el aro burocrático. Otro relato: tres entrevistas en las que le repiten «encajas perfecto», «estábamos buscando un perfil como el tuyo», y una llamada final de personal prometiendo el contrato esa misma jornada. La historia se corta justo cuando el interesado preparaba el preaviso de su empleo actual. No consta que el contrato llegara nunca.
La otra cara del filtro es la velocidad. Un candidato describe rechazos automáticos que llegan
minutos después de enviar la solicitud, sin margen material para haber leído nada. Y cuando otro pidió explicaciones de un rechazo en el extranjero, la respuesta fue que la normativa de protección de datos impedía darlas, aunque él mismo hubiera firmado el consentimiento para el tratamiento de sus datos.
¿Funciona igual en todos los sectores?
No. En informática, según uno de los participantes, la plataforma se ha convertido casi en el estándar para encontrar empleo, con procesos que funcionan de principio a fin. Fuera de ahí, el diagnóstico cambia por completo. Es la contradicción más honesta de todo el asunto: la herramienta no es mala en sí misma, el uso que se hace de ella depende del sector y de la empresa que la gestiona.
De red profesional a Instagram de oficina
El diagnóstico más equilibrado reconoce que la plataforma fue útil y sirvió para cerrar buenos contratos, y sitúa el deterioro en el momento en que intentó ser otra cosa: otra red social, con su dosis de
Tinder incluida. El valor original era centralizar ofertas y perfiles para no repetir el mismo formulario una y otra vez. Hoy, casi todas las empresas redirigen a su propia web, y el candidato vuelve a teclear nombre, estudios y experiencia en cada proceso. El resultado es una vitrina de frases inspiradoras, artículos compartidos con «totalmente de acuerdo» y especialistas en gestionar la impresora de la esquina. Un escaparate, en fin, en el que, según estos relatos, lo que se vende no siempre es trabajo.
¿Qué utilidad tiene, para quienes lo cuentan, una red que parece premiar la foto de traje?