Así daba un profesor liberal su clase de presión fiscal: con una caña de cerveza
Con una caña y un vaso, el economista explicaba qué se lleva el Estado. «Esto es lo que me roba en impuestos directos», decía mientras vertía un chorrito. «Esto, en indirectos», otro chorrito. «Esto, en especiales», un tercero. Levantaba la botella, mostraba cuánto quedaba, se la bebía de un trago y remataba ante el público del bar.
El personaje era un profesor universitario, funcionario de día y liberal de boquilla en el bar. De los primeros nombres de la órbita liberal junto a Rallo. Su discurso anti-Estado no se quedaba en el aula: donde más se le vio fue en los baretos de los alrededores del campus, medio borracho, montando el número de la cerveza fiscal ante quien se dejara.
Detrás de la anécdota hay una corriente que sostiene que el Estado no es más que una maquinaria de poder. «Un grupo de poderosos que controlan un territorio», lo define uno de los comentaristas al reivindicar a Bastos, liberal-conservador al que considera de los pocos que entienden esa naturaleza mafiosa.
La escena explica, mejor que cualquier tratado, por qué el discurso de la presión fiscal cala en según qué ambientes: se resume en una caña. Pero también retrata sus límites: quien más grite contra el Estado puede ser, a la vez, funcionario y profesor. La pregunta sobre el mayor error de sanchinflas, que daba título al intercambio, queda difuminada entre la espuma y los insultos. La próxima vez que alguien le pida un veredicto sobre esa gestión, pida una caña y observe.