La libertad no apaga incendios: el falso dilema de las catástrofes
En un terremoto, la libertad no rescata a nadie. Cuando el techo se desploma, lo que se necesita es un bombero, no un laboratorio de ideas. La pregunta, formulada en pleno cruce de argumentos sobre el tamaño del Estado, condensa el pulso entre quienes creen que el libre mercado lo resuelve todo y quienes defienden la intervención pública. La respuesta es tan evidente que casi ofende: bomberos.
El debate se enciende con el ejemplo de las viviendas construidas en Venezuela bajo el chavismo, que se desplomaron por una construcción deficiente y corrupta. Se contrapone con Japón y Estados Unidos, países capitalistas que aplican normativas antisísmicas modernas y las hacen cumplir. La conclusión, incómoda para el purismo liberal: es la regulación, no la “libertad sin límites”, lo que salva vidas. La URSS, por su parte, demostró que las infraestructuras pueden ser sólidas bajo cualquier sistema, si hay voluntad.
El argumento liberal, sin embargo, encuentra un reparo: el falso dilema. ¿Y si la autoridad se convierte en un obstáculo? Hay situaciones donde el Estado impide acceder a tu propia casa durante un incendio o una inundación. Ese matiz no invalida la necesidad de servicios públicos, pero sí recuerda que la regulación excesiva también puede ser un estorbo.
En el fondo, la discusión sobre terremotos y libertad no es técnica, sino ideológica. Y como toda ideología extremista, choca con la realidad: cuando caen las piedras, nadie se pregunta si el bombero es público o privado. Se pregunta si llega a tiempo.