La foto de los 'corta cabezas' de 1922: ¿realidad o montaje?
En plena era de la posverdad, una imagen tomada hace más de un siglo se resiste a ser archivada. La fotografía, atribuida a 1922, muestra a un grupo de legionarios españoles posando junto a cabezas decapitadas de combatientes rifeños. No es un fotograma de una película de terror: es material que circuló como postal en España durante los años veinte. Y todavía hoy no hay consenso sobre si documenta un crimen real o si es propaganda fabricada.
La imagen forma parte del archivo Díaz Casariego y apareció por primera vez en 1926 en 'Mémoires d'Abd-el-Krim', del periodista francés Roger-Mathieu. Según su relato, el propio líder rifeño le habría entregado la foto. No es la única: existen otras tomas similares de la misma época. Lo que hace singular a esta es que se vendía como postal, un dato que la convierte en documento histórico y en objeto de sospecha a la vez.
Annual: el contexto que lo explica todo
Para entender la escena hay que retroceder un año antes. En julio de 1921, el Desastre de Annual costó la vida a miles de soldados españoles. En Monte Arruit, varios miles de militares que depusieron las armas fueron ejecutados. La respuesta española no tardó: la contraofensiva, conocida como 'campaña del desquite', no hizo prisioneros en muchos casos. A los legionarios se les empezó a llamar 'los corta cabezas'. La decapitación de combatientes enemigos se convirtió en una práctica documentada, aunque nunca fue política oficial de los mandos.
El propio rey Alfonso XIII aparece en el relato. Cuando Abd el-Krim exigió cuatro millones de pesetas en duros de plata por el rescate de oficiales españoles, el monarca habría respondido con la célebre frase: «¡Qué cara está la carne de gallina!». La anécdota, citada como supuesta, resume el clima de desprecio mutuo.
Los indicios que apuntan a un montaje
No todos se lo creen. La corriente escéptica señala que las sombras de la imagen no coinciden entre sí, que las posturas de los retratados parecen posadas y que la fuente original, un periodista francés trabajando para el bando rifeño, invita a la precaución. Recuerdan que este tipo de montajes se atribuyó también a los nazis y que la fotografía de guerra siempre ha sido campo de batalla propagandístico.
Frente a esa lectura, los defensores de la autenticidad aportan detalles materiales: el chapiri, los chambergos y las polainas que identifican a legionarios y artilleros. Apuntan a que en una guerra así, con atrocidades a ambos lados, la imagen sería una más. No la primera ni la última en un conflicto donde la deshumanización del adversario era la norma.
La memoria que vuelve en bucle
La fotografía resurge periódicamente en internet y en medios de comunicación, a menudo con paralelismos con conflictos actuales. Cada reaparición reactiva el mismo debate: si lo que se ve es un acto de barbarie individual o el síntoma de una guerra colonial salvaje. La pregunta de fondo, cien años después, sigue sin respuesta unánime.
Quizá lo más incómodo no sea la imagen en sí, sino lo que revela sobre la naturaleza de cualquier guerra colonial. ¿Pesó más el horror documentado o la sospecha de propaganda? La foto no lo dice. La historia, tampoco.