Leer el Quijote a los 15 o a los 40 no es leer el mismo libro
¿Por qué un libro que te entusiasmó a los veinte te parece hoy un tostón, y otro que abandonaste de crío te atrapa a los cuarenta? La respuesta corta: porque no leíste el mismo libro. Leíste el mismo texto con otro lector dentro. Un lector que abrió
1984 con catorce o quince años y lo olvidó en una semana no falló como lector: llegó antes de tiempo. La huella fue nula, aunque las páginas pasaran por delante de sus ojos.
La literatura no se mide en títulos leídos, sino en el cruce exacto entre un texto y un momento vital. Y ese cruce tiene fecha de caducidad. Hay una franja dorada, más estrecha de lo que parece, en la que ciertos libros entran para quedarse.
El Quijote a los 15 y a los 25: dos novelas distintas
El caso más repetido es el de Cervantes. Leído con quince años, el
Quijote se convierte en un ladrillo de obligada digestión escolar. Leído con veintitantos, con poso y algo de madurez intelectual, se abre como lo que es: literatura de viajes, humor y compasión. El mismo texto, dos experiencias incompatibles.
Lo mismo ocurre con la novela decimonónica española.
Miau, impuesta a los dieciocho, deja una sensación de curiosidad por el Madrid reconocible y un lenguaje que pesa como una losa.
Fortunata y Jacinta, leída a los treinta y dos y sin obligación ninguna, se convierte en una de las mejores lecturas de una vida: el retrato de Madrid, la tertulia, la dicotomía entre la mujer que te pone y la esposa que todos soñamos. Entre una y otra hay un crossover de un personaje que pasa a saludar de una novela a otra. ¿Qué cambió? La edad y la ausencia de boletín de notas.
La franja de los 16 a los 19: donde se fabrican los libros favoritos
Los libros que acompañan toda una vida suelen ser clásicos buenos leídos entre los dieciséis y los diecinueve años, según una hipótesis que se repite en el debate: hace falta capacidad ya desarrollada —ser mayor de quince, por decir una edad— y hace falta ser joven e impresionable para que el efecto sea enorme. Demasiado pronto, el texto resbala. Demasiado tarde, ya no impresiona: lo analizas.
El problema es que, según varios participantes, el sistema educativo trabaja justo en contra. La mayoría de las lecturas obligatorias de primaria y secundaria son directamente perjudiciales y contraproducentes.
El Principito,
La metamorfosis, pasajes del
Quijote,
La Celestina, el
Cantar de mio Cid, las coplas a la muerte del padre: a esas edades solo desalientan. Y no es un problema de dificultad, es un problema de coacción. No hay nada peor que obligar a un adolescente a hacer algo a la fuerza. Muchos lectores voraces de la infancia vieron triturado su deseo al llegar la adolescencia con esos clásicos. Después volvieron, a su ritmo.
Borges, Proust y la montaña mágica: releer cambia el veredicto
El cambio de opinión radical también existe, y suele llegar con la relectura.
El Aleph a los diecisiete no se pilla; a los veintidós o veintitrés, cautiva. Con Proust pasa lo contrario: te acercas buscando la célebre magdalena y te encuentras un tocho y frases maratonianas. Mejor otro día. Y vuelves a Hesse con sus lobos esteparios.
La relectura no solo confirma: corrige.
La montaña mágica es magnífica siempre, pero en la bisoñez veinteañera Settembrini parece un ser de luz; veinte años después, un imbécil.
Retorno a Brideshead, leída a los veinte, es una pasajera historia de tristeza; leída a los cuarenta, tiene toda la vida metida dentro. El recorrido religioso del protagonista —resumido en esa lámpara de aceite de la última página— solo se entiende cuando uno ya ha hecho alguna parte de ese camino.
Los libros que no se leen nunca porque se hicieron juveniles
Hay un tercer destino, más silencioso: el libro que se queda en la lista para siempre.
Los tres mosqueteros,
Los miserables,
El conde de Montecristo. Con trece o catorce años intimidan por volumen; años después se ven como algo juvenil que ya no va contigo. Y al final no se leen nunca. Hay autoengaño en eso de «ya lo leeré más adelante».
A veces el prejuicio no es de edad, es de tribu.
Rayuela arrastra la etiqueta de cursi, pedante, parisina con acordeón.
En el camino, la de lirismo de anuncio y filosofía quinceañera. Son libros tan prestigiosos que no nos atrevemos a descartarlos del todo, pero tampoco queremos leerlos.
Lo que se gana y lo que se pierde al leer tarde
Leer tarde también tiene su premio. La novela de Agatha Christie leída en la adolescencia era un poco anticuada pero vigente: radios, teléfonos y coches de 1935 en un mundo reconocible. Leída ahora, sin grabaciones, sin sensores, sin ADN, es arcaica de arriba abajo. Y ese es justo el encanto. Hay libros que se convierten en refugio precisamente cuando dejan de ser contemporáneos.
El reverso es la pérdida. Quien pasó de Enid Blyton a Tolstói y a Céline sin escala en Verne o Salgari lamenta dos cosas: el entusiasmo que no se matizó y el tiempo perdido desentrañando pesadeces para obtener nada. Dostoievski y Céline, leídos quince años más tarde, habrían dado mucho más significado profundo.
La traducción también envejece (y a veces mejora)
No todo es la edad del lector. La del traductor también cuenta. Hay quien sospecha que ciertas traducciones al español superan a los originales, y no va a aprender alemán para comprobarlo. El debate sobre los títulos es un clásico:
El extranjero de Camus sería más acertado como
El extraño;
El hombre de arena de Hoffmann es en realidad
El hombre de la arena;
Los demonios de Dostoievski aparece a veces como
Los poseídos o
Los endemoniados, y en ruso no hay artículos, así que todas valen.
La metamorfosis es
La transformación.
El azar también manda: la película en el monitor sucio
Al final, el joven que quiera empezar a leer lo hará de cualquier manera. El fatum nunca encuentra obstáculo demasiado grande. La primera vez que alguien vio
Mulholland Drive fue sin saber nada de ella, de resaca, en pleno julio manchego, a cuarenta grados en el salón de un zulo, en un monitor poco limpio, a 480 y subtitulada. Y flipó.
Así que la edad importa, el momento vital importa y la obligación importa. Pero no lo explican todo. Si el libro correcto cae en la mano correcta, ni el calor ni la resaca ni el colegio pueden estropearlo. Lástima no tener la fórmula para saber cuál es, y cuándo.