Las raíces de la rusofobia: el pulso entre desconfianza y provocación
El académico británico Richard Sakwa, entrevistado por el suizo Pascual Lottaz en el canal Neutraly Stadis, ha reabierto el debate sobre los orígenes de la rusofobia en Occidente. Mientras unos sostienen que es un sentimiento irracional alimentado por la propaganda, otros apuntan a la expansión de la OTAN como detonante de una desconfianza mutua que se retroalimenta.
La tesis del cerco estratégico
Quienes defienden que la rusofobia tiene raíces políticas señalan el avance de la Alianza Atlántica hacia las fronteras rusas como causa principal. La percepción de que la OTAN no defiende Europa sino que busca su aniquilación mediante provocaciones ha calado en sectores del análisis geopolítico. Según esta lectura, Rusia responderá antes o después, y el coste será compartido por todos.
La visión del repruebo esencialista
En el extremo opuesto, hay quien reduce la rusofobia a un rechazo visceral hacia lo ruso, presentado como un país pocilga y sus habitantes como guano. Esta postura, aunque minoritaria, evidencia que existe un componente de repruebo étnico difícil de disociar del debate político. Entre medias, una corriente más matizada habla de desconfianza mutua y con razón: tanto Occidente como Rusia tienen motivos históricos para recelar.
Un horizonte de décadas
Algunos análisis pronostican que las relaciones entre la UE y Rusia tardarán al menos 70 años en recomponerse, si es que lo hacen. La grieta es profunda y no parece que vaya a cerrarse con gestos diplomáticos. Mientras tanto, la rusofobia y su contraparte, la eurofobia, se alimentan en un bucle que beneficia a quienes sacan partido del conflicto.
El debate de fondo no es si existe rusofobia, sino qué la genera: si las políticas de la OTAN o una animadversión cultural arraigada. Los datos apuntan a que la respuesta, como casi siempre, está en un incómodo punto medio.