Las monologuistas y la eterna acusación de no tener gracia
Hay una paradoja que pocos quieren nombrar: el stand-up es hoy el formato cómico de moda, pero cuando la que sube al escenario es una mujer, la pregunta cambia de registro. Ya no se juzga el chiste, se juzga el permiso. La discusión sobre si las cómicas españolas “tienen gracia” ha vuelto a primer plano, y esta vez el argumentario mezcla evolución, industria y un clásico de la literatura ensayística: Christopher Hitchens.
El temario que se les echa en cara
La acusación más repetida tiene un patrón claro: las monologuistas abusan del sexo y de los temas corporales. Se dice que el humor femenino se apoya en la menstruación o en la cama, y que cuando el físico acompaña, la gracia pasa a segundo plano. Hay quien va más lejos y señala una línea roja sagrada: las mujeres no soportan que se bromee sobre su fealdad, mientras los hombres caricaturizan su calva o su panza sin despeinarse. Sin autoironía, dice esa corriente, no hay humor posible.
La sombra de Hitchens
El ensayo más citado en esta polémica sigue siendo el de Christopher Hitchens, que explicaba el humor masculino como una exhibición de cortejo: los hombres desarrollan el chiste para seducir, las mujeres no lo necesitan y por eso no lo dominan. La tesis, muy discutida, sirve aquí para justificar que las cómicas imiten un registro ajeno o se refugien en el sexo. El problema es que el argumento es circular: se parte de la idea de que no son graciosas y se busca en la biología la explicación de algo que quizá solo depende del guion.
La excepción extranjera y el caso Ozempic
En esta corriente de opinión, las excepciones admitidas casi siempre son estadounidenses. Se menciona a Whitney Cummings y el personaje de la “rubia tonta” como lo más cerca que el humor femenino ha estado de la gracia. Frente a ellas, las españolas no pasan el corte. Y aquí aparece una anécdota que vale más que mil análisis: una humorista que, tras adelgazar con Ozempic, borró todas sus fotos de gorda de las redes sociales. Para muchos, esa es la prueba definitiva de que la mujer cómica no se ríe de sí misma, sino que esconde el material del que vive.
El monólogo, ese formato sospechoso
No todo es misoginia. También hay quien defiende que el problema no es el género, sino el formato: el monólogo en solitario es un artefacto soso por naturaleza, y eso vale para ellos y para ellas. La espontaneidad brilla por su ausencia y el sentido del ridículo se queda en el camerino. Si hasta los monologuistas masculinos provocan bostezos, la discusión sobre el humor femenino quizá no sea de género, sino de escuela.
Al final, queda la pregunta incómoda: ¿se está midiendo a las cómicas con la regla de un humor masculino que ya ni los hombres cumplen? Mientras la industria siga llenando salas con nombres femeninos, el veredicto del público seguirá dividido. Pero una cosa es evidente: el chiste sobre las mujeres que no tienen gracia lleva demasiado tiempo contándose sin que a nadie le haga mucha gracia.