Mujeres españolas: el tópico del nivel estético y sus números
Hay afirmaciones que no admiten medición y que, aun así, se repiten durante años. Que las mujeres españolas son, de media, menos agraciadas y menos femeninas que las de su entorno es una de ellas. La conversación arranca con una escena cotidiana —una mujer desayunando en un bar y alguien que pasa de puntillas para no llamar la atención— y termina hablando de
sueldos de 1.500 euros, de prendas de gran cadena textil y de comparaciones con el Este de Europa. Ningún organismo oficial mide esto. Todo lo que hay son percepciones, y algunas son notablemente ásperas.
La tesis inicial: físico, modales y una comparación incómoda
El punto de partida mezcla estética, clase social y juicio moral. Quien abre el asunto sostiene que basta con viajar un poco para comprobarlo, que las españolas son
poco femeninas y que hablan de forma vulgar; añade que, cuando las ve desayunando, pasa rápido y sin hacer ruido, y remata con un «qué bien viven y pobre marido». Es decir: no se discute solo un cuerpo, se discute un reparto doméstico, un volumen de voz y una forma de ocupar el espacio público.
Ese cóctel —aspecto y comportamiento— no abandona el resto de la conversación. Apenas unas líneas después, la queja se amplía a los tatuajes, a la ropa y al maquillaje, y alguien recuerda que los hombres también van mal vestidos y también se tatúan. La respuesta habitual es que en el caso masculino eso no se considera un problema estético. Ahí ya no se habla de belleza, se habla de expectativas distintas según el sexo.
¿Por qué se pasa de la cara a la voz y a los tatuajes?
Porque el físico, medido a ojo, se agota rápido como argumento. A partir de ahí el reproche se desplaza hacia los modales: el tono de voz, el vocabulario, la forma de discutir y la manera de hablar en público. Se describe a alguien de aspecto cuidado que de pronto alza la voz con un registro impropio de la escena, y se afirma que eso rompe cualquier atractivo previo. El listón se mueve de la cara al comportamiento.
Los tatuajes son el reproche más repetido, con diferencia. Se les llama
antimorbo en una intervención y se les atribuye un efecto de degradación estética inmediata, sobre todo en mujeres jóvenes. Otra línea apunta a la ropa, al maquillaje recargado, a las uñas y a las pestañas postizas. Es un juicio sobre
estilos de consumo tanto como sobre cuerpos, y eso explica por qué el asunto se ha acabado colando en un foro de economía.
Inditex, 1.500 euros: el argumento del bolsillo
Aquí aparece el razonamiento más económico de todos. Se sostiene que buena parte del problema no es biológico sino presupuestario: una oficinista gana alrededor de
1.500 euros al mes, la moda alternativa es cara salvo en segunda mano y el resultado es un uniforme colectivo —melena larga lisa y prendas de gran cadena— que borra cualquier diferencia. Vestirse distinto, viene a decirse, cuesta dinero, y el dinero no sobra.
En esa misma línea, una intervención cifra en el
90 por cien el porcentaje de chicas jóvenes que recurren a pestañas postizas, uñas postizas o extensiones. Nadie aporta fuente para ese número, y conviene tomarlo por lo que es: una impresión expresada en cifras. También se señala a la maternidad como origen del histerismo que se atribuye a madres españolas, italianas, portuguesas o griegas, con la sospecha de que es un rasgo transversal y no nacional.
La comparación internacional y el mercado de pareja
El giro más llamativo llega cuando la conversación se convierte en comparativa internacional. Se afirma que el contraste con Polonia, Ucrania o Alemania es tan alto que las españolas no pueden competir, y ahí el juicio estético se mezcla con el comportamiento esperado: se valora que esas mujeres, según esta opinión, no habrían interiorizado las políticas de igualdad y mantendrían un trato más tradicional hacia el hombre. Varios mensajes cuentan casos personales de conocidos o matrimonios propios con extranjeras.
El razonamiento tiene un corolario discutido dentro del propio asunto: si el hombre español se muestra demasiado solícito, la autoestima del mercado local sube y el desequilibrio aumenta. Es la versión sentimental de un argumento de oferta y demanda, y se presenta sin más evidencia que la experiencia de quien lo cuenta. El detalle, bastante incómodo, es que casi todos los casos citados son anécdotas de una sola persona.
Los que discrepan: «no son más feas que las portuguesas»
Frente a la tesis dominante hay desacuerdo explícito. Se responde que las españolas no son feas y que tampoco lo son más que portuguesas, francesas, griegas o italianas, y que lo que destaca en otros países —nórdicas y eslavas— responde a otro canon y a otra competencia interna. También se recuerda que el nivel varía mucho por zonas y que en Andalucía, Murcia, Valencia o Canarias la percepción es distinta de la madrileña o la navarra.
Aparecen además dos correctivos de fondo. Uno, que el juicio se hace a distancia y que quien desayuna con prisa no representa a nadie. Dos, que generalizar así habla más del observador que del observado. Nadie ha rebajado el tono, pero la discrepancia ocupa buena parte de las respuestas y convive con el desprecio sin demasiado esfuerzo.
Con sueldos de oficina, una industria textil de precios bajos y un canon estético globalizado, el margen para la diferencia es escaso en cualquier país. Eso algo explica. Por qué se elige la belleza —y no el sueldo, la vivienda o la jornada— para hablar de la mitad de la población ya es otro asunto, y nadie lo responde con datos.