Macarena Olona y el negocio del clip televisivo
En abril de 2025, una nueva pieza se sumó a la serie:
Macarena Olona, en plató, frente a Gonzalo Miró. Los mensajes que difundieron el momento lo resumieron con la fórmula de siempre. La exdirigente de
VOX destroza y
humilla a su interlocutor en directo, con un vídeo adjunto. Antes, según esos mismos mensajes, los intercambios difundidos la habían enfrentado a Antonio Maestre, Ignacio Escolar y Sara Santaolalla. Mismo molde, mismo verbo, distinto rival. Lo que circula no es el argumento: es la escena del contrario agachando la cabeza.
El ciclo de los «destrozos»: misma escena, distinto rival
La mecánica se repite con una precisión que ya no llama la atención. Un fragmento de tertulia, un titular con la palabra
destroza, un tuit con emojis de fuego y una cuenta que lo amplifica. En uno de los clips difundidos, Olona se enfrenta a
Antonio Maestre y, según la descripción que acompaña al vídeo, consigue que agache la cabeza diciéndole la verdad. En otro, el escenario es
La Sexta y el rival, Ignacio Escolar.
El más áspero de los intercambios difundidos la enfrenta a
Sara Santaolalla, quien le dirige en plató calificativos como ultraderechista y machista y le reprocha —según el resumen del fragmento— hasta
1.300 asesinatos de mujeres a manos de sus parejas. La respuesta de Olona, siempre según esa misma difusión, consiste en darle la vuelta al guion con una pregunta.
Ahí aparece la primera grieta. «¿Y de qué vale que destroce a quien sea en la tele?», se preguntaba un participante en el hilo. Es la pregunta que sobrevuela toda la secuencia.
¿Quién paga la televisión que se ve en prime time?
Otra línea del análisis apunta a la caja, no al plató. Un participante del hilo habla de un
20 % de «publicidad institucional absurda» y sostiene que Olona «está a sueldo del PSOE», una afirmación que se lanza sin prueba. La idea de fondo, según esa lectura, es que el medio que se paga con dinero público difícilmente muerde la mano que le da de comer. Es una tesis vieja y polémica, y como toda tesis vieja conviene tomarla con pinzas, pero da un marco distinto a la pelea televisiva. La trifulca no sería el producto; sería el envoltorio.
Hay quien añade un detalle de lógica de programación: si Olona siguiera en VOX no la habrían invitado. Es decir, el interés del plató dependería de la posición desde la que se habla y no de lo que se dice. Difícil de comprobar. También difícil de descartar.
La verdad que no despierta a nadie
Una parte del análisis rechaza de plano que estos fragmentos sirvan para algo. El argumento es que la discusión pública no funciona por revelación de hechos, sino por repetición, por emoción y por instinto manipulado. Cuantos más mensajes se acumulan en el tiempo, más se asienta una percepción, sea o no cierta. En términos de comunicación, la verdad sería un ingrediente secundario, casi decorativo.
De ahí sale la paradoja incómoda: los mismos clips que unos celebran como demolición dialéctica son, para otros,
gasolina de un mecanismo que no distingue bandos. Gana quien consigue más segundos de indignación.
Y aquí se atasca el análisis. Nadie discute que los enfrentamientos existen ni que se comparten masivamente. Lo que no se cierra es si sirven para convencer a alguien que no estuviera ya convencido. No hay cifras de audiencia. No hay estudios de impacto. Queda una certeza mínima: el clip se comparte.