Por qué la generación de tus abuelos apenas salía del pueblo y la tuya se endeuda para ver mundo
Un campesino de 80 años que vivía a 30 minutos en coche de la costa nunca había visto el mar. No era un caso aislado: hasta bien entrado el siglo XX, la mayoría de los españoles moría en un radio de 25 kilómetros de donde nació. Hoy, en cambio, quien no publica fotos de sus viajes en Instagram es casi un bicho raro. La presión social por viajar se ha disparado, pero ¿cuánto tiene de necesidad real y cuánto de consumo inducido?
Los abuelos que no viajaban: ni tiempo ni dinero
Las cifras del hilo son demoledoras: en 1900, un billete de tren costaba, en dinero actual, una fortuna. Viajar por placer era cosa de aristócratas o de aventureros con posibles. La gente común solo se desplazaba por necesidad: la mili, la emigración o la guerra. Como muestra un genealogista, su apellido originado en Astorga en el siglo XIII aún a finales del siglo XVIII apenas se había movido 40 kilómetros. La propiedad de la tierra y la falta de infraestructuras mantenían a la población anclada.
Incluso ya en el siglo XX, las muyer, especialmente, eran las que menos viajaban: atadas al cuidado de la familia, mientras los mar1, al enviudar, se apuntaban al Imserso y descubrían el mundo. Un ejemplo narra cómo la abuela, que se mató trabajando para que sus descendientes fueran a la universidad, nunca pisó la playa a 30 km.
Edad Media con más movimiento del que creemos
Pero no todo era inmovilismo. En la Edad Media se viajaba mucho por peregrinajes (Santiago de Compostela, Roma, Jerusalén). Los comerciantes recorrían rutas como la Seda, y en la antigua Roma los patricios veraneaban y las calzadas imperiales facilitaban el movimiento. Los británicos inventaron el Grand Tour en el siglo XVIII, pero solo para la élite. La diferencia es que antes se viajaba por motivo real (religión, comercio, guerra), mientras que hoy se viaja por ocio y, a menudo, por postureo.
El turismo de masas nace con el petróleo barato
El gran cambio llega tras la Segunda Guerra Mundial, con el excedente de producción aeronáutica y el abaratamiento del combustible. En los años 60 despega el turismo de masas, y en los 80 la desregulación aérea lo democratiza aún más. Hoy, un vuelo a París puede costar menos que una cena en un restaurante de moda. Pero ese abaratamiento ha traído una paradoja: viajar ya no es un lujo, pero se ha convertido en una obligación social.
Turistear no es viajar: la crítica al consumo de decorados
El hilo deja clara una división: la mayoría de la gente no viaja, sino que "hace turismo". Cambia de decorado para Instagram, sigue rutas prefabricadas y apenas interactúa con la cultura local. Se critica que el 99% de los que dicen viajar para "conocer otras culturas" en realidad solo buscan selfies. Mientras, unos pocos defienden el viaje auténtico: perderse, hablar con lugareños, descubrir patrimonio industrial o lugares fuera de los circuitos. El consenso es que el verdadero viaje requiere tiempo, curiosidad y cierta incomodidad, justo lo que falta en los paquetes turísticos exprés.
La pregunta que queda en el aire es si esta fiebre viajera es un auténtico deseo de conocer el mundo o una necesidad fabricada por una economía que necesita que el dinero circule. Como señala un análisis, "viajar es de pobres" en el sentido de que ahora es más barato que quedarse en casa, pero la presión por hacerlo está dejando a muchos sin ahorros. El dato que nadie explica: si viajar es tan barato, ¿por qué la gente se queja de no llegar a fin de mes?
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