Fontaneda ya no es lo que era: ¿por qué saben a cartón?
Pocas marcas han sufrido un deterioro tan comentado como Fontaneda. Lo que fueron unas galletas María icónicas –capaces de competir con las danesas o francesas sable– son hoy, según múltiples testimonios, un producto seco, tostado y con sabor a cartón. El consenso apunta a un punto de inflexión: la venta de la marca en 1996.
1996: el año en que Fontaneda perdió la receta
Según información procedente de antiguos trabajadores, la multinacional que adquirió la fábrica de Aguilar de Campoo (Palencia) eliminó de inmediato la leche condensada que daba cremosidad a las galletas María. «Dos calderos grandes de leche condensada muy espesa», describe una fuente cercana a la antigua plantilla. Con el cambio de receta, la calidad se desplomó y la planta acabó cerrando. Hoy se rumorea que la producción se ha trasladado a Portugal, aunque la marca no lo confirma oficialmente.
El problema va más allá de Fontaneda
La degradación no es exclusiva de esta marca. Varios análisis coinciden en que la industria galletera ha priorizado la reducción de grasas saturadas y azúcares –por normativa o presión comercial–, sustituyéndolos por ingredientes más baratos y menos sabrosos. El resultado: galletas que, en palabras de un consumidor, «saben a corcho hecho con cáscara de cereal». Marcas como Marbú Dorada, Tosta Rica o las galletas Rio también han perdido su perfil original.
Alternativas que se salvan
Frente al desastre, los consumidores han buscado refugio en otras opciones. Las galletas de mantequilla danesas (marca azul), las Campurrianas, las galletas María de Hacendado (fabricadas por SIRO) o las portuguesas de la marca Gullón parecen mantener un nivel aceptable. Incluso las francesas sable, hechas con mantequilla y cigot, se presentan como alternativa para quienes buscan sabor sin aditivos. Pero la pregunta persiste: ¿por qué una marca con décadas de historia permitió que su producto estrella se convirtiera en un cartón comestible?
La respuesta, como casi siempre, está en los márgenes: cuando el beneficio prima sobre el ingrediente, el paladar acaba pagando la factura.