Bendición Cuando, por un decreto…
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«Bendición» es el poema que abre «Las flores del mal» de Charles Baudelaire, publicado en 1857. En él, una madre maldice al hijo poeta y este responde bendiciendo el sufrimiento como única nobleza verdadera.
El poemario «Las flores del mal», de Charles Baudelaire, se abre con «Bendición», un texto que funciona como pórtico de todo el libro. La escena es dura: una madre, al dar a luz, maldice al hijo que acaba de traer al mundo. No es una imagen amable, pero sí coherente con la idea que Baudelaire tiene del poeta como ser señalado, distinto, condenado de antemano.
El poema arranca con el poeta apareciendo en un mundo hastiado por decreto divino. La madre, espantada, blasfema y crispa el puño hacia Dios. Su deseo es explícito: mejor haber parido un nido de serpientes que amamantar a esa criatura que considera una irrisión. Maldice la noche en que concibió lo que llama su expiación.
La mujer se siente castigada entre todas las mujeres: repugnada por su propio marido, incapaz de arrojar a las llamas a ese monstruo encogido. Y decide descargar su odio sobre el hijo. Quiere retorcer ese árbol miserable para que sus ramas no florezcan. Es la imagen del artista rechazado desde el origen, antes incluso de tener voz.
Frente a ese odio materno, el niño condenado se extasía ante el sol. En todo lo que come y bebe halla néctar y ambrosía. Juega con el viento, charla con el celaje, se embriaga cantando camino de la cruz. El espíritu lo sigue en su peregrinaje y llora al verlo alegre.
El entorno no mejora. Todos los que lo aman lo observan con recelo o se desazonan con su tranquilidad. Buscan la manera de causarle duelo y probar en él su ferocidad. En el pan y el vino destinado a su boca mezclan ceniza y salivazos. Derriban cuanto toca y lo acusan de haberse interpuesto en sus pasos.
La mujer del poeta también participa del escarnio. En público atestigua que, pues la encuentra bella, será para él como una diosa antigua y en oro tendrá que dorarla. Habla de embriagarse de nardo, mirra e incienso, de genuflexiones y manjares, para saber si aún puede esperar homenajes divinos de un corazón inmenso. Cuando se hastíe de esas farsas, pondrá su mano en el pecho del poeta y con sus uñas, cual las de las arpías, abrirá camino hasta su corazón. Como un pájaro que tiembla, lo arrancará y lo arrojará por tierra con desdén para saciar a su bestia favorita.
El poeta alza entonces sus manos piadosas al cielo, donde ve un trono translúcido y sereno. Los relámpagos de su espíritu lúcido le ocultan la mirada de las gentes furiosas. Y bendice a Dios, que da el sufrimiento como divino remedio a las impudicias y como el más puro alimento que prepara a los fuertes para las santas delicias.
Sabe que Dios guarda un lugar al poeta en las filas hermosas de las angélicas legiones y en la gloriosa fiesta que lo eterno interpreta, entre tronos, virtudes y dominaciones. Sabe también que el dolor es la única nobleza que ni la tierra ni los infiernos pueden morder. Por eso los tiempos le tejerán una corona de mística belleza por todo el universo.
Esa diadema no la igualarían las joyas perdidas de la antigua Palmira, ni los metales preciosos, ni las perlas de la mar, aun engarzadas por voz. No estará formada sino de lumbre pura, sagrada hoguera de milagrosos reflejos, ante la cual los mortales no son sino enturbiados, desvaídos espejos.
«Bendición» no es un poema aislado. Es la primera pieza de «Las flores del mal», publicado en 1857, y establece el tono de todo el conjunto: la tensión entre el rechazo del mundo y la conciencia de una elección superior. El poeta no se defiende del desprecio. Lo asume y lo convierte en materia de su propia gloria.
La figura del artista incomprendido, maldito por quienes deberían protegerlo, atraviesa buena parte de la obra de Baudelaire. Aquí aparece en su forma más radical: la madre como primera enemiga, el hogar como primer destierro. El poema sostiene que esa hostilidad no destruye al poeta, sino que lo confirma en su camino.
Bendición Cuando, por un decreto…