Qué respeta cada clase: el dinero, el saber o el poder
¿En qué piensa la clase baja cuando mira la cuenta corriente? Según una tesis que circula en ambientes económicos, las aspiraciones de cada estrato social dibujan una jerarquía de manual: a los de abajo les mueve el dinero, a los de en medio el conocimiento y a los de arriba el poder. La cosa no es estética; de ahí saldrían comportamientos, decisiones de voto y hasta la relación de cada grupo con el mérito.
Hay quien ironiza con la versión romántica de la pobreza digna y recuerda que en la clase baja obrera el dinero es el «sumum de la vida», porque la supervivencia no deja margen para otras filias. La clase media, con el pan asegurado, puede permitirse el lujo de enredarse en valoraciones éticas y darse aires; quien está arriba, según esta lectura, no busca rentabilidad económica sino conservar la posición. Otro análisis prefiere darle la vuelta: el pobre es el más generoso y humilde porque perder algo lo es todo, la clase media hace teatro frente al espejo y el rico de verdad no respeta nada porque el dinero ya protege.
Una tercera lectura, más afilada, resume el mapa sin moralina: las bajas buscan llegar a fin de mes, las medias progresar con conocimiento y las altas mantenerse donde están. Con un matiz incómodo: esa jerarquía solo funciona en una sociedad con dinero de impresora, la que vive de expandir la oferta monetaria. En una economía sin esa válvula, las aspiraciones se parecen bastante más entre clases.
El asunto queda abierto con una pregunta incómoda: ¿cuántos han subido de clase por mérito propio y cuántos por herencia o golpe de suerte? Mientras tanto, cada cual sigue respetando lo suyo. Unos el billete, otros el título, otros el despacho.